Capitulo 1
Un Sueño de Esos Raros
Era un día cualquiera, en el desierto. Sin brisa ni humedad. El calor era seco, fatigoso. El astro rey aun no alcanzaba el meridiano. Se encontraban allí un promedio de ciento cincuenta mil espectadores en un gigantesco estacionamiento que había sido pavimentado sobre las arenas del desierto de Arizona, en Estados Unidos. Muchas personas apretujadas unas contra otras, todos mirando hacia el centro, hacia el escenario.
Bien ubicadas en puntos estratégicos, los organizadores del evento habían colocado varias pantallas gigantes de circuito cerrado de televisión, para que los mas alejados de la tarima pudiesen ver a todo color los sucesos de manera simultánea.
También habían diseminado un potente sistema de sonido que cubría hasta el último rincón. El escenario estaba diseñado con arreglos alusivos al desierto. En ese día se celebraba un evento muy especial: era el Día de Inauguración.
El orador principal, vestido en traje y con sombrero de cazador, se acercó caminando con mucha confianza al micrófono y se hizo un silencio submarino.
“Era un día cualquiera…” Esas fueron sus primeras palabras. El sonido era claro. Su voz, varonil y firme.
“…un día como cualquier otro,” prosiguió.
“La brisa soplaba suave y serena.” El hombre que hablaba tenía la apariencia de ser un personaje importante. Su rostro denotaba madurez y experiencia. Su mirada, aunque amigable, era profunda y pareciera estar escudriñando en todo momento. A esa costumbre se debían los surcos que habían excavado la superficie de su frente. Se podía percibir una especie de respeto hacia el de parte de aquella multitud; de todas maneras ya lo habían visto de forma persistente promocionar el evento de Inauguración en anuncios de televisión, y muchos habían leído sendos artículos de entrevistas exclusivas a los medios de comunicación. En respuesta a esa eficiente campaña de publicidad, se encontraban allí presentes.
Aquel hombre trataba de armar su historia. Con la mano desocupada empujó el ala ancha de su sombrero, acomodándolo, y continuó su relato:
“Era una ciudad… Una ciudad grande, como cualquier otra…” Después de decir eso el hombre hizo una breve pausa, como evocando, y prosiguió.
“El tráfico de vehículos se movilizaba en ambas direcciones. Las luces de los semáforos cambiaban, como de costumbre, de verde a amarillo, a rojo y viceversa.
El bullicio vivo y mecánico de la urbe de cemento se entremezclaba con las voces de los transeúntes, y con gritos de niños que correteaban detrás de una pelota en el parque cercano,” dijo el hombre.
“Las personas caminaban por las aceras en direcciones opuestas. Los negociantes recibían o despedían a sus clientes en los establecimientos. La vida continuaba su rumbo normal. El comercio, como cualquier otro día.”
El hombre era alto y de barba blanca recortada. Sabía manejar muy bien la semántica, los acentos y los tonos de voz. Había practicado oratoria por muchos años y se había presentado delante de otra clase de públicos, en reuniones de mesa directiva y delante de pequeños grupos, pero nunca delante de una multitud tan numerosa. De repente el tono de la voz en su relato cambió por uno grave y profundo.
“En ese instante,” dijo, “ocurrió algo por completo inusual. Algo que alteró el estado emocional de todos: Fue un estremecimiento sorpresivo de los fundamentos de la tierra, en el cual las profundidades del abismo rugieron como el estomago vacío de un león hambriento. Sucedió en fracciones de segundo.”
Uno de los cinematógrafos le captó solo el rostro al hombre. Las expresiones faciales detallaban con nitidez sus rasgos físicos en las pantallas gigantes. Sus ojos eran grandes y verdes parecidos a esmeraldas colombianas, y aunque sus cabellos eran ondulados y largos también habían sido alcanzados por el rocío blanco de los años. Su piel se conservaba tersa y juvenil, excepto por aquellos surcos causados por su curioso insaciable deseo de conocer, saber y profundizar en cosas misteriosas. Su voz era transparente. Hablaba con genialidad. Sus palabras se escuchaban en crescendo, fuerte y rápidas mientras seguía describiendo:
“Las avenidas se agitaron como si fuesen hechas de mantequilla en vez de asfalto. La ciudad se paralizó por el instante que duró el temblor. Las personas se miraron unas a otras sorprendidas por el incidente, como buscando respuestas a lo inexplicable en los ojos de los demás. Pero nadie dijo nada. Un segundo temblor de tierra vino casi consecuente. Con un gran estruendo las diferentes capas del subsuelo se remontaron como lo hacen las ondas del mar en la playa. Pero así como el primero, el temblor de tierra solo duró un instante. Un instante que pareció definir la eternidad.”
La multitud escuchaba al hombre presentar su idea en completo silencio. La gente observaba con avidez sus movimientos y esperaban con ansiedad sus palabras. A este punto el orador creyó tener la situación bajo control.
Sin medir consecuencias se metió a caracterizar uno de los personajes de su propia historia, y lanzando gritos de angustia le agregó una dimensión de terror que ponía los pelos de punta. Escogió de reojo a una señora de las que estaban en primera fila y le preguntó mirándola fijamente:
“¿Vio eso, señora?” Luego cambió la vista y corrió hacia el otro lado del escenario:
“¿Señor, sintió eso?” Le inquirió a un caballero que le observaba con detenimiento. Casi de inmediato se lanzó a correr hasta alcanzar a un adolescente que tenía una gorra deportiva puesta al revés y el uniforme de los Yankees de New York. Lo agarró por los hombros y lo sacudió con brusquedad mientras le preguntaba:
“¿Joven, que está ocurriendo?” Al muchacho se le cayó la gorra. Las cámaras seguían atentamente la escena, captando cada movimiento. Luego, con las manos encrespadas en su rostro, lo cual proyectaba una mueca de horror pre-fabricada, interrogaba a un cuarto individuo:
“¿Qué pasa, señor?” El hombre, que le miraba directo, se sonrió por la marcada actuación.
“¿Qué es esto, Dios mío?” Y lanzó un grito de angustia mirando hacia el cielo. Luego caminó en silencio de regreso hasta donde estaba la base del micrófono. Era la pausa que le servía para medir las emociones de la gente. De la respuesta de su público, creía el, dependía su futuro como presentador en eventos futuros, mas no como creador de uno de los mejores espectáculos jamás visto en la historia de los Estados Unidos. Ese honor, el de organizador y líder, le correspondía por ser dueño de todo aquello. El era dueño de aquel micrófono que sostenía en ese mismo instante en sus manos; también lo era de las cámaras que captaban su rostro, de las luces en ese entarimado, del escenario mismo, de aquella tierra donde estaba aquel gentío y hasta de la ciudad amurallada al otro lado del estacionamiento. Una ciudad fortificada con bloques de cantera, con torres, con portones y hasta con formaciones de soldados romanos esgrimiendo armamento militar de aquella época. La ciudad era un parque de diversiones muy singular.
Para su gozo interno, la multitud continuaba en silencio, magnetizada. Imaginándose la escena.
El recomenzó su monologo con voz pausada: “La tierra volvió a temblar,” dijo. Su mano izquierda la apoyaba en la parte superior de la base vertical del micrófono. Miraba de frente a una de las cámaras, consciente que sus ojos codificaban un mensaje personalizado a sus tele-videntes de la parte trasera.
“Pero esta vez,” indicó, “se convirtió en un terremoto en escala de Total Destrucción,” dijo haciendo énfasis en las últimas palabras.
“La tierra se abrió. Una de las grietas se tragó de un solo envión varias docenas de vehículos que circulaban por aquella avenida.
Los edificios comenzaron a desmoronarse como castillos de naipes. El concreto y hierro retorcido caían pesadamente sobre los transeúntes. Una señora que llevaba a una niña agarrada de la mano, la sorprendió una hoja de vidrio que sobrevolaba de una ventana rota, para decapitarla en el acto. La pequeña quedó gritando a todo pulmón agarrada del tronco sin cabeza.”
La descripción amarillenta del relato le ganó algunas miradas de desaprobación dentro de los más conservadores cercanos al escenario. Pero prosiguió lo que ya no podía darle marcha atrás. El hombre del micrófono estaba agitado, sudoroso, excitado. El latir de su corazón iba al unísono con sus palabras. Sus ojos verdes estaban perdidos en sus pensamientos. Su voz se escuchaba en escala alta cuando dijo:
“Los seres humanos corrían despavoridos en un intento de huir del peligro inminente. Los más débiles caían en el suelo y eran atropellados por la estampida descontrolada de gente en busca de un refugio inexistente.”
“Un anciano que se apoyaba tembloroso en su bastón fue aplastado por un poste de luz que se derribó y sus entrañas quedaron esparcidas en el resquebrajado pavimento.”“Un hotel de varios pisos se desplomó por completo con medio millar huéspedes dentro.”
“El caos era total. La destrucción, masiva.”
El hombre de barba blanca recortada no hacía pausa. Su relato era convincente y muy gráfico. El poder de la tecnología digital hacía ver su imagen aun mas grande que la realidad que intentaba describir. Sin embargo, su pasado ocultaba secretos que siempre había sabido manipular. El nunca se había detenido a ofrecer ninguna información por adelantado, especialmente si era algo que podría perjudicar el éxito de su mega-proyecto. El sonido de su propia voz le aplacaba la conciencia. Sin dejar de hablar se quitó el sombrero de cazador. Se secó el sudor con el antebrazo, y se escuchó en los altoparlantes que decía:
“En la acera un grupo de personas corría con los rostros desfigurados por el terror, en pánico absoluto señalaban hacia el cielo y gritaban:
¡AHI VIENE, AHI VIENE, AHI VIENE!”
El orador de barba blanca, para tratar de describir la escena siguiente hizo otra pausa obligada. Se paró en el centro del entablado, levantó la vista hacia las nubes pasajeras que ocultaban el sol en ese coincidente instante, y, sin pronunciar palabra alguna, hizo un gesto con ambas manos, como tratando de medir el cielo.
“La bóveda celestial,” dijo, “estaba por completo cubierta de seres luminosos suspendidos en el aire. Tenían vestiduras blancas, mas blancas que la nieve de invierno.”
“En el centro…”, dijo, pero no terminó la frase.
Hizo otra pausa calculada, aun más larga que todas las anteriores. Los espectadores volvieron al silencio, contemplando la mímica. El hombre se arrodilló con ambas piernas y clavó su frente al piso en señal de adoración. La multitud seguía cada movimiento. El micrófono lo tenía bien cerca de su boca. La imagen fue captada y ensanchada. Habló muy pausado, con voz suave, con mucha reverencia. Sus ojos estaban cerrados.
“En el centro…” y volvió a repetir por tercera vez: “en el centro venía sentado un ser fantástico, precioso, bello en gran manera.” Eso lo dijo con mucha emoción.
“Tenía la forma humana, pero su piel era luz resplandeciente.”
“Sus cabellos eran largos y blancos, como pelo de lana. Y sus ojos eran refulgentes, rojos como el fuego.”
“De repente comencé a ascender,” indicó, incluyéndose en el relato por primera vez, en primera persona, y prosiguió: “Estaba flotando en el aire. Era una sensación de soltura, donde el cuerpo se sentía transformado, como si no tuviese el peso de los huesos ni la materia, pero no era etéreo.”
“Mis ojos estaban fijos a los de Aquel Ser superior y a medida que me acercaba pude notar que el rojo de aquellos se debía al reflejo del fuego y destrucción que había a mis espaldas, abajo, lo que El miraba de frente.”
El público estaba fascinado por el relato. El orador de barba blanca hizo otra pausa estudiada. Luego dijo:
“En ese momento desperté de mi sueño. Estaba tembloroso y asustado, alterado en gran manera.
Estaba sudando y me arrodillé junto a mi cama. Todo había sido tan real que las imágenes las tenía aún vivas en mi mente.”
“Luego me levanté y me asomé por la ventana y miré hacia el cielo. Era una noche negra, sin nubes. Las estrellas brillaban con un fulgor que nunca antes había percibido. Tuve un temor reverente al mirar al cielo, pero tenía que hacerlo para verificar que todo había sido un sueño.”
“¿Impresionante, verdad?,” preguntó a la multitud concluyendo su relato.
“Ese fue el comienzo de todo esto que ustedes ven aquí,” dijo señalando con su mano hacia las paredes amuralladas al lado del estacionamiento de autos. “Mi nombre es David Menachem III. Hoy estamos reunidos en este lugar para inaugurar este parque de diversiones. Al entrar por las puertas de la ciudad van a experimentar lo que solamente en libros o en películas han leído o visto. Van a entrar literalmente en otro mundo. Van a encontrarse en el pasado, en el tiempo en que vivió Jesucristo en este planeta, así como lo hemos estado promocionando en nuestros anuncios de publicidad por los últimos siete meses,” dijo. La gente quería más, deseaban entrar de una vez. Estaban impacientes, como niños que esperan solo la orden para abrir un regalo de navidad.
“Al entrar por las diferentes puertas de la ciudad se les guiará hacia las Barracas, donde cambiarán sus vestiduras modernas por las que se usaban en aquellos tiempos. Luego podrán ir a los aposentos que se les ha asignado, los cuales les servirán de residencia por toda una semana. Utilicen los mapas para movilizarse en la ciudad. Obedezcan las instrucciones de los guardas Romanos de seguridad, los cuales están estacionados en los puntos claves para su protección y cuidado. No para cobrarles impuesto.” La risa retumbó hasta los muros por lo sarcástico del añadido comentario.
“Pueden visitar todos los lugares que ustedes consideren importantes, como el palacio de Herodes, el Sanedrín, la fortaleza Antonia, el templo de Salomón, el hipódromo y otros puntos de interés. Ustedes son nuestros primeros invitados a lo que será sin lugar a dudas una experiencia inolvidable,” la gente aplaudió con intensidad.
“Hemos hecho todo lo posible para que se sientan a gusto dentro de aquella época; es como un viaje al pasado en la vida real. Por eso les recalcamos que está estrictamente prohibido el uso de toda tecnología después que entren a la ciudad. No aceptamos ni teléfonos celulares, ni computadoras, ni radios, ni relojes, ni cámaras de televisión o de fotografía. Para el recuerdo, nosotros tenemos cámaras ocultas que les tomarán fotografías y videos hechos por profesionales, las cuales podrán recoger a la salida por un costo adicional. La única moneda que se acepta en los mesones o en la plaza del mercado son monedas de oro. Pueden hacer uso de las ventanillas de cambio donde SI aceptamos tarjetas de crédito,” nuevamente risas. El ambiente era alegre, festivo, singular.
“Pueden comprar comida preparada o preparar su propia en sus respectivos albergues. Si necesitan cambiar de ropa pueden ir a las Barracas de las entradas y allí hacerlo por un precio adicional. Recuerden que el evento culminante será el fin de semana, por lo tanto esperamos que todos asistan el viernes, porque será un día realmente importante. El domingo será el día cuando nos despediremos de ustedes para recibir al otro grupo de personas que ya tiene hecha sus reservas por una semana, para el próximo evento,” el gentío volvió a aplaudir sonoramente.
“Esperamos que se diviertan y que cuenten a otras personas de ésta experiencia única cuando regresen a sus lugares de origen. Ustedes serán los encargados de llevar las buenas nuevas a otras naciones, tribu, pueblos y lenguas, hemos preparado algo que nunca olvidaran. Bienvenidos a ZION! ” Gritó.
Copyright: www.marcoantoniocortes.com ©2012 (Todos los derechos reservados) |

.jpg)