Capitulo 7

Que Nadie te Engañe

Para que David Menachem III pudiera llevar a términos cabales el mega-proyecto de materializar el parque temático ZION fue necesaria la ayuda de los descubrimientos de la arqueología, la etnografía, la lingüística, la epigrafía y otras ciencias auxiliares de la historia, al igual que los escritos del Antiguo y Nuevo Testamento y otros documentos de indiscutible autenticidad.

ZION era muchísimo mas que el concepto de un parque de diversiones con estilo judo-romanista; el complejo arquitectónico simbolizaba, mas de dos mil años después, una manifestación de la prolongación, en la era moderna, de la idea que un hombre infundió a sus doce discípulos, es decir, la enseñanza del cumplimiento de profecías acerca de un Mesías príncipe y rey, con un reinado extensible hasta el fin de los días.

Las tres grandes religiones del mundo actual: cristianismo, islamismo y judaísmo, conservan una relación en sus raíces que data de la época del patriarca Abraham, padre de Ismael, el primogénito; y de Isaac, según el Antiguo Testamento, heredero de las promesas. Estos orígenes han pasado la prueba del tiempo en las enseñanzas de los escritos Sagrados de las tres milenarias religiones. Al cristianismo le precedió el judaísmo arcaico, ya que el Cristo tiene una genealogía judaica que conecta su relación con el patriarca de los israelitas.

Pero aun cuando la reputación y conocimiento general de los orígenes del cristianismo gozan en la actualidad de amplia aceptación y reconocimiento en las diferentes esferas sociales del planeta, aun continúan existiendo críticos irreverentes de los acontecimientos históricos que en Jerusalén y en Galilea se llevaron a cabo.

David Menachem III tenía claro que ZION sería recriminada por el mismo sector de incrédulos de la población mundial que había rechazado las enseñanzas del Maestro de Galilea, e incluso por muchos así llamados ‘cristianos puristas’ que veían en su esfuerzo una estrategia blasfema de sacarle provecho comercial a lo que ellos consideraban como sagrado. Menachem III por su parte trataba de acallar su conciencia repitiéndose que su inversión multimillonaria era una herramienta para llegar al corazón de almas que de otra manera no podrían ser alcanzadas con el mensaje de salvación. Aun otros de pensamiento radical cuestionaban, indudablemente con toda razón, el propósito del proyecto como un intento del magnate de incrementar sus arcas bancarias. Pero los críticos más severos rechazaban la existencia misma del Nazareno.

Si se negase a Cristo como un personaje de la historia se tendría que negar también la existencia de Tiberio y los demás personajes de su época. Pero los historiadores de los primeros siglos aceptados universalmente como fuentes confiables de información contemporánea demuestran lo contrario en sus escritos.

Por ejemplo, la carta de Plinio el Joven, quien nació en el primer siglo, en el año 61 de nuestra era y murió en el 115; la cual dirigía al emperador Trajano; y la respuesta de este, son dos testimonios elocuentes, que datan del año 106, en favor de la existencia de los Cristianos y de su relación con Cristo. Las cartas, traducidas por Domingo Vaca en Madrid, España en el año 1917 dicen así: 

“Creo deber de mi -le dice Plinio al emperador de Roma- consultarte acerca de todos los asuntos en que tengo dudas. ¿Quien, en efecto, puede mejor que tú guiarme en ellas e ilustrar mi ignorancia? Jamás he presenciado ningún proceso contra los cristianos, y así no se lo que hay que castigar o averiguar, ni hasta que punto ha de llegarse. Por ejemplo, no se si hay que distinguir las edades, o bien si, en semejante materia, no hay que establecer diferencia entre la mas tierna juventud y la edad madura; si hay que perdonar al que se arrepiente o si el que ha sido enteramente cristiano no debe obtener ningún beneficio de haber dejado de serlo; si es el nombre mismo, abstracción hecha de todo delito, o los delitos inseparables del hombre lo que hay que castigar. 

Mientras tanto, he aquí la regla que he seguido con los que me han sido presentados como cristianos: Les he hecho la pregunta de si eran cristianos. A los que han confesado, les he preguntado por segunda y por tercera vez, amenazándolos con el suplicio. A los que han persistido, les he hecho conducir a la muerte. Un punto, en efecto, está fuera de duda para mí, y es que, cualquiera que fuese la naturaleza delictiva o no del hecho confesado, esa obstinación, esa inflexible obstinación merecía ser castigada. Ha habido algunos otros desgraciados atacados de la misma locura que, en vista de su condición de ciudadanos de Roma, he separado para que los envíen a esa ciudad. Luego, en el curso del proceso, el delito, como ocurre de ordinario, ha tenido ramificaciones y se han presentado varios casos. Se ha presentado una denuncia de mano desconocida conteniendo muchos nombres. A los que han negado que fueran o que hubieran sido cristianos, he creído deber dejarlos en libertad, una vez que en mi presencia han invocado a los dioses, y que han suplicado, con el incienso y el vino, a tu imagen, que para el caso había hecho traer con las estatuas de las divinidades, y que además han maldecido a Cristo, cosas todas, se dice, que no se puede lograr hagan por la fuerza los que son realmente cristianos.

Otros, nombrados por el denunciante, han dicho que eran cristianos, y pronto han negado que lo fuesen, confesando que lo habían sido, pero que habían dejado de serlo, los unos desde hace tres años, los otros desde hace mas tiempo todavía, algunos desde hace veinte años. Todos ellos han venerado tu imagen y las estatuas de los dioses, y han maldecido a Cristo. Ahora bien, afirmaban que toda su culpa a todo su error se había limitado a reunirse habitualmente en días fijos, antes de salir el sol, para cantar juntos alternativamente un himno a Cristo como a un dios, y para comprometerse mediante juramento, no a tal o cual delito, sino a no cometer robos, actos de bandidaje, adulterio, a no faltar a la fe jurada, a no negar un depósito que se les reclamara; que, una vez hecho esto, tenían costumbre de separarse, luego de reunirse de nuevo para hacer juntos una comida, pero una comida ordinaria y del todo inocente, y que esto mismo habían dejado de hacerlo después del edicto por el cual, conforme a tus ordenes, yo había prohibido las asociaciones. 

Esto me ha hecho considerar necesario proceder a la busca de la verdad mediante el tormento aplicado a dos sirvientas de las que se llaman diaconisas. No he encontrado más que una superstición mala, desmesurada. Así, suspendiendo la instrucción, he resuelto consultarte. El asunto me ha parecido merecerlo, sobre todo a causa del número de los que están en peligro. Gran número de personas, en efecto, de todas edades, sexos y condiciones, están encausadas o lo estarán. No solamente las ciudades, sino los poblados y los campos están invadidos por el contagio de esta superstición. Creo que seria posible contenerla y poner remedio. Así se ha observado que los templos, que estaban casi abandonados, han vuelto otra vez a verse concurridos, que las fiestas solemnes, que se habían interrumpido durante mucho tiempo, han vuelto a empezar, y que se pone a la venta la carne de las victimas, para la que no se encontraban mas que muy raros compradores. De donde es fácil concebir la multitud de gentes que podría ser reducida, si se diera lugar al arrepentimiento.”

La respuesta del emperador Trajano dice lo siguiente:

“Has seguido el camino que debías, mi querido Secundo, en el examen de las causas de los que han sido enviados a tu tribunal como cristianos. En semejante materia, no se puede establecer una regla fija para todos los casos. No hay que ir a buscarlos, y si se les denuncia y están convictos, es preciso castigarles, de modo, sin embargo, que el que niegue ser cristiano y pruebe lo que dice con actos, es decir, dirigiendo suplicas a nuestros dioses, obtenga el perdón como recompensa de su arrepentimiento, cualesquiera que sean las sospechas que pesen sobre el por lo pasado. En cuanto a las denuncias anónimas, en cualquier genero de acusación que sea, no hay que tenerlas en cuenta para nada, porque es cosa de detestable ejemplo e impropia ya de nuestro tiempo.”

De esta manera dejaron manifiesto personajes reconocidos de la historia en documentos oficiales del imperio la existencia de un grupo de seguidores de las enseñanzas de un tal Cristo, y cuales eran las consecuencias en ese tiempo que tenían que pagar por declararse partidarios de tales enseñanzas. Confirmando por allá en los albores del primer siglo evidencia adicional irrefutable para los críticos irreverentes de nuestra era que continúan negando o poniendo en tela de juicio la existencia histórica de Jesucristo. Esos escritos y otras evidencias científicas se suman además a la multitud de objetos y artículos que han desenterrado los arqueólogos, los cuales cuentan de forma palpable los sucesos y hechos históricos que se desarrollaron en Judea. Aparte de mencionar personajes que se nombran en los Evangelios y otras porciones del Nuevo Testamento, los historiadores les atribuyen el carácter que los relatos sagrados les dan.

El historiador Flavio Josefo (quien existió entre los años 37 al 95 del primer siglo), autor de ‘Antigüedades Judaicas’, y ‘Guerras de los Judíos’, aunque no reconoció a Cristo como Mesías ni como rey menciona con indignación en ‘Antigüedades Judaicas’, el proceder de cierto Annás que hizo ejecutar a Santiago, “el hermano de Jesús, llamado el Cristo.” Menciona de paso en el mismo libro a Juan el Bautista, pero se extiende en el Herodes de los días de Cristo y de los apóstoles, y dice no poco de los emperadores romanos de aquel entonces. Sus escritos están de acuerdo con los Evangelios.

Tácito el historiador (nacido en el año 55 d.c. y vivió hasta el 120 d.c.), al ocuparse de Nerón, dice en cuanto al incendio de Roma, en ‘Los Anales de Cayo Cornelio Tácito’:

“Mas ni con socorros humanos, donativos y liberalidades del príncipe, ni con las diligencias que se hacían para aplacar la ira de los dioses era posible borrar la infamia de la opinión que se tenía de que el incendio había sido voluntario. Y así Nerón, para divertir esa voz y descargarse, dio por culpados de el, y comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comúnmente cristianos. El autor de este nombre fue Cristo, el cual imperando Tiberio, había sido justiciado por orden de Poncio Pilatos, procurador de Judea: y aunque por entonces se reprimió algún tanto aquella perniciosa superstición, tornaba otra vez a reverdecer, no solamente en Judea, origen de este mal, pero también en Roma, donde llegan y se celebran todas las cosas atroces y vergonzosas que hay en las demás partes. Fueron castigados al principio los que profesaban públicamente esta religión, y después por indicios de aquellos, una multitud infinita…Movían con todo esto a compasión y lástima grande, como personas a quienes se le quitaba tan miserablemente la vida, no por provecho público, sino para satisfacer la crueldad de uno solo.”

Lampridio, otro historiador mas, latino del siglo IV, declara en la ‘Historia Augusta’: “Alejandro Severo quiso levantar un templo a Cristo y recibirle entre los dioses, lo cual, se dice, pensaba hacer también Adriano.”

El pasado no es igual al futuro. Pero se dice que la historia casi siempre se repite en escenarios diferentes. ZION parecía ser uno de estos escenarios salidos de los ciclos repetitivos de la historia.

David Menachem III pensaba que el tributo mas grande que con sus riquezas podía donar al patrimonio de la historia de la humanidad era ZION, como un monumento a la fe de millones de personas a lo largo de los siglos.

En ZION el martes había sido un día pesado para todos. Después de los principales eventos de la programación de la mañana y de la tarde, el público se dispersó por las callejuelas de la ciudad. Muchos se dirigieron al Hipódromo, allí podían alquilar carros de combate romanos tirados por juntas de hasta seis caballos. También podían nadar en las cálidas aguas de las cisternas locales en los estanques públicos. Las mujeres y niños cargaban agua en jarrones de barro hacia las casas desde los pozos comunales. Los hombres recogían de la leña que se había almacenado previamente en la plaza principal.

Quizás una de las características modernas que se habían adaptado en ZION, a diferencia de la antigua Jerusalén, era el sistema séptico automático conque estaban equipados todos los lugares habitables. David Menachem III se dirigió con sus ‘discípulos’ hacia la barriada mas popular. Le seguían los doce. Era parte del espectáculo.

Vestía un manto blanco de una sola pieza, rodeado de otro manto rojo que descansaba desde sus hombros y se envolvía en su cintura. Sus sandalias de correas de cuero no le protegían los pies del polvo de las calles. Su caminar era pausado pero firme. Miraba hacia adelante y una que otra vez cambiaba la mirada a los lados para saludar con una amplia sonrisa a los transeúntes y residentes. Todavía le quedaba ‘trabajo’ por hacer. Mucha otra gente le seguía. Otros ya estaban esperándole en el lugar que indicaba el programa se iría a realizar la siguiente parte del drama.

El verdadero Jesucristo había dicho palabras muy duras a los sacerdotes y fariseos en el templo. Sus palabras: “He aquí vuestra casa os es dejada desierta”, habían llenado de terror su corazón. Afectaban indiferencia, pero seguían preguntándose lo que significaban esas palabras. Un peligro inminente parecía amenazarlos. ¿Podría ser que el magnífico templo que era la gloria de la nación iba a ser pronto un montón de ruinas? Siglos antes los verdaderos discípulos, no los actores, compartían ese presentimiento de mal, y aguardaban con ansiedad alguna declaración mas definida de parte de Jesús. 

Mientras salían con el del templo, llamaron su atención a la fortaleza y belleza del edificio. Las piedras del templo eran del mármol más puro, de perfecta blancura y algunas de ellas de tamaño casi fabuloso. Una porción de la muralla había resistido el sitio del ejército de Nabucodonosor. En su perfecta obra de albañilería, parecía como una sólida piedra sacada de la cantera. Los discípulos no podían comprender como se podrían derribar esos sólidos muros. Como tampoco lo pudieron comprender los millones de tele videntes alrededor del mundo el 9 de septiembre del 2001 cuando vieron en las pantallas de sus televisores las imágenes de las torres gemelas derribándose en Nueva York.

Al ser atraída la atención de Cristo a la magnificencia del templo, ¡Cuales no deben haber sido los pensamientos que guardó para si Aquel que había sido rechazado! El espectáculo que se le ofrecía era hermoso en verdad, pero dijo con tristeza: Lo veo todo. Los edificios son de veras admirables. Me mostráis esas murallas como aparentemente indestructibles; pero escuchad mis palabras: Llegará el día en que “no será dejada aquí piedra sobre piedra, que no sea destruida.”

David Menachem III sabía de donde había venido. El conocía perfectamente su propio pasado. Su vida estaba llena de tristezas y marcadas amarguras, pero también de muchas alegrías. Pero nada de lo que había vivido podía compararse con el gozo de su interpretación del papel estelar de Jesús, el Maestro de Galilea. Estaba convencido que estaba viviendo en el final de una era. Recordó su actuación durante el día en el templo. Había estado impecable. Una sonrisa de satisfacción se asomaba en su rostro, pero sabía que aun faltaba mucho por realizar.

El verdadero Cristo había sido confrontado por Pedro, Juan, Santiago y Andrés cuando estuvo solo, y le interrogaron con la famosa pregunta:

“¿Dinos, cuando serán estas cosas, y que señales habrá de tu venida, y del fin del mundo?”

En su respuesta a los discípulos, Jesús no consideró por separado la destrucción de Jerusalén y el gran día de su venida. Mezcló la descripción de estos dos acontecimientos. Si hubiese revelado a sus discípulos los acontecimientos futuros como los contemplaba el, no habrían podido soportar la visión.

Por misericordia hacia ellos, fusionó la descripción de las dos grandes crisis, dejando a los discípulos estudiar por si mismos el significado. Cuando se refirió a la destrucción de Jerusalén, sus palabras proféticas llegaron mas allá de este acontecimiento hasta la conflagración final de aquel día en que el Señor se levantará de su lugar para castigar al mundo por su iniquidad, cuando la tierra revelará sus sangres y no encubrirá más sus muertos. Este discurso entero no fue dado solamente para los discípulos, sino también para aquellos que iban a vivir en medio de las últimas escenas de la historia de esta tierra.

Volviendo a los discípulos, Cristo dijo: “Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán.”

David Menachem III había meditado con mucha intensidad y concentración en esas palabras. El sabía que a través de la historia muchos falsos Mesías se habían presentado pretendiendo realizar milagros y declarando que el tiempo de la liberación de la nación judía había venido. Las palabras de Cristo se cumplieron. Entre su muerte y el sitio de Jerusalén, aparecieron muchos falsos Mesías. Menachem III sabía que esta amonestación fue dada a los que viviesen en su época también. ¿Era el un falso mesías?

©2009 Mark Anthony Cortes

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