Capitulo 8

Si Es Posible Hacerlo

Turbo era una pequeña población compuesta mayormente de negros descendientes de esclavos africanos. También cohabitaban mulatos y una pequeña pero creciente porción de blancos descendientes de los colonizadores españoles provenientes de las ciudades del interior del país. Estos llegaron a esa floreciente zona portuaria con el interés de mejorar su estado económico. La posición estratégica en la geografía regional premiaba a este poblado. A causa de la navegación de barcos internacionales que entraban y salían por las turbias aguas del Golfo de Urabá, conectado al Océano Atlántico, se notaba un desarrollo comercial y económico latente.

“¿Este es Turbo?,” preguntó Falcao Romeiro.

“Si. Ya llegamos,” respondió Alberto Moreno organizando sus pocas pertenencias antes que el autobús hiciera la ultima parada.

“Todos son negros aquí,” notó David Menachem III asomado por la ventanilla del vehículo.

“¿Donde está el mar?,” quiso saber Falcao Romeiro.

“No se. No se ve por ninguna parte,” respondió Alberto Moreno, quien tenia un marcado interés por la figura femenina, fenómeno abundante por las calles de aquella población.

“¿Nunca habías estado aquí, Beto?,” preguntó David Menachem III al observar también la cantidad de torneadas mujeres de ébano.

“No,” dijo.

“¿Que es eso ahí?,” preguntó Falcao Romeiro señalando por la ventanilla del autobús. La mayoría de los pasajeros también preparaban sus equipajes de mano para estar listos en el momento de la parada final.

“Eso es un tanque de agua, me imagino que es para el acueducto local, en Buenaventura también hay uno como ese,” hablaba Alberto Moreno de una estructura de concreto que se elevaba a la altura aproximada de un edificio de cinco pisos de alto, localizada exactamente en el tramo divisor entre la ruta hacia el mar y el centro del pueblo.

Era el atardecer y aunque los rayos del sol ya no emitían su calor, todavía se sentía el fogaje de la temperatura ambiental. Había mucha gente en las calles principales y bastantes motocicletas. Las casas de madera con techos de laminas de zinc abundaban, pero también habían muchas edificaciones de concreto.

Finalmente el autobús se detuvo enfrente del pequeño terminal de transporte. Los pasajeros abandonaron sus asientos, y todos, con la excepción de Falcao Romeiro y David III quienes solo llevaban lo que tenían puesto, reclamaron sus maletas.

Caminaron algunos metros acercándose a un grupo de personas que conversaban en la primera esquina.

“¿Nos pueden decir donde queda el muelle por favor?,” preguntó Alberto Moreno.

“Claro, tienen que ir derecho por esta misma calle hasta la esquina, allí van a voltear a la derecha y van a seguir derecho hasta el muelle, como unas diez cuadras. Antes van a pasar por el parque, luego un puente y después van a entrar en el barrio Obrero. Al final esta el muelle,” explicó el hombre, y les preguntó, “¿De donde son ustedes?”

“Yo soy de Buenaventura, el es de Brasil y el de Nueva York,” dijo Alberto Moreno señalando a los jóvenes.

“¿Se van de polizones para los Estados Unidos?,” trató de adivinar el hombre.

“¿Perdón?” La pregunta sorprendió a todos, en especial a Alberto Moreno.

“¿Como lo sabe?,” preguntó inocentemente Falcao Romeiro.

“Hay muchos que se quieren ir de polizontes en el Muelle.” dijo el hombre.

“¿De veras?,” se interesó Falcao Romeiro.

“Si. Pero, a los que se logran ir, algunos de los tripulantes de esos barcos los echan al agua cuando los descubren en alta mar,” aseguró el lugareño.

“O los encuentran congelados cuando llegan allá,” aportó otro de los presentes en el grupo, haciendo mención de casos reales reportados por los medios de comunicación.

“Les abren el estómago con un cuchillo antes de tirarlos al agua para que nunca los encuentren,” dijo el hombre haciendo una descripción gráfica.

“Está bien. Muchas gracias señores por la información,” se adelantó Alberto Moreno retirándose, colocando las manos sobre los hombros de David III y Falcao Romeiro.

“Cuando caen al agua los tiburones se los comen.” Era obvio que los hombres atormentaban con sus palabras.

“Está bien. Gracias, gracias, señores,” les dijo Alberto Moreno mostrando ambas palmas de las manos.

“¡Los familiares nunca mas vuelven a saber de ellos!,” gritó otro de los hombres al trío que se alejaba. Alberto Moreno solo levantó la mano sin voltear. Falcao Romeiro miró hacia atrás. Uno de los hombres hizo la señal de cercenarse el cuello. Romeiro apresuró el paso, un tanto preocupado.

“¿Es verdad todo eso?,” preguntó Falcao Romeiro.

“Si,” respondió Alberto Moreno.

“¿Y porque todavía te quieres ir sabiendo eso?,” inquirió nuevamente el Brasileño.

“Como así que ‘te’ quieres. Pensé que estábamos todos en esto,” reclamó Alberto Moreno deteniéndose y mirándole directamente en los ojos. Falcao Romeiro bajo la vista. Alberto Moreno cambió la mirada y le preguntó a David Menachem III:

“¿Y tu, que dices?”

“Vamos para Nueva York.” Sin decir mas, Menachem III siguió caminando, adelantándose a los demás. Al llegar al parque David III se desvió a la derecha.

“Miren, allí está el muelle,” dijo señalando algunas pequeñas embarcaciones.

“Que raro, esos tipos dijeron que teníamos que seguir derecho como diez cuadras y también que había que pasar un puente,” dijo Alberto Moreno.

“Allí hay un puente,” señaló Falcao Romeiro.

“¡Vamos!,” dijeron al mismo tiempo.

Pasaron el pequeño puente que atravesaba un nauseabundo riachuelo de aguas negras. El riachuelo desembocaba en un canal y en este, junto a la orilla, habían muchas pintorescas embarcaciones, algunas de madera y otras de fibra de vidrio. Una de las embarcaciones empujada por un motor fuera de borda llegaba en ese preciso instante al atracadero con muchos pasajeros. Las personas se bajaron y el conductor se quedó contando el dinero de sus ganancias.

Los tres visitantes se acercaron al también recién llegado.

“¿De donde viene, amigo?,” preguntó Alberto Moreno.

“¿Porque?,” respondió el hombre malhumorado.

“Porque vimos toda esa gente bajarse, medio mojados,” dijo Alberto Moreno.

“Venimos de los barcos,” respondió finalmente el hombre cuando terminó de contar sus billetes.

“¿De cuales barcos?,” preguntó Falcao Romeiro.

“¿De donde eres?,” le preguntó el lanchero al notar el acento.

“Soy de Brasil; pero si no nos quiere decir esta bien,” respondió Falcao Romeiro.

El hombre los miró de arriba abajo, y percibiendo las posibilidades de lucrarse cambió el tono antagónico y comenzó a explicar:

“Esos que se bajaron allí son europeos. Son marineros de un barco bananero que esta fondeado en el golfo.”

“¿Como se llama el barco?,” inquirió Alberto Moreno.

“Manchester Star,” respondió el hombre.

“¿Para donde va el barco?,” preguntó Alberto Moreno.

“No se. Para Europa, creo,” dijo el hombre.

“¿Entonces este no es el muelle?,” preguntó Falcao Romeiro.

“¿Cual muelle? Aquí en Turbo no hay muelle. Los barcos llegan al golfo y allá se fondean. Las compañías bananeras llevan la carga en unos remolcadores y los cargan en alta mar. Nosotros movilizamos a los marineros que quieran venir al pueblo,” reveló el hombre.

“Pero cuando llegamos,” dijo Falcao, “unos señores nos dijeron que el muelle quedaba como a unas diez cuadras del parque.”

“Ah, ese muelle. Si, ese muelle queda en el barrio Obrero.” Señaló el motorista hacia la misma dirección que les habían indicado los primeros hombres.

“Pero es solo un muelle para remolcadores y embarcaciones así como esa,” explicó el conductor señalando una de las naves de madera pintada con colores vivos, muy caribeños.

“Aquí no hay muelles para los barcos grandes,” repitió el hombre.

“¿Entonces como hace uno para irse allá?,” preguntó David III.

“¿Allá donde?,” preguntó.

“A los barcos,” dijo David Menachem III.

“Tienen que pagar,” dijo el conductor del vehículo acuático, un paso mas cercano a la posibilidad de negocio. “Pero les advierto: cuando llegan allá no los dejan subir. El acceso es restringido para personal autorizado. Yo los podría llevar,” se ofreció, forzando una respuesta.

“¿Y cuanto nos cobraría?,” preguntó Alberto Moreno, poniéndose al frente de la negociación.

Después de regatear y determinar un precio por el viaje, los tres se subieron a la rápida embarcación. El vehículo navegó lentamente por el canal de negras y mal oliente aguas.

“Yo vivo allí,” mostró el hombre con su índice a uno de los negocios que se encontraban en la orilla derecha del canal. En el local había un letrero que decía: ‘Deposito de Maderas Turbo’.

“¿Esa es su casa?,” preguntó Falcao Romeiro al notar que tenia la fachada de un negocio.

“No. Es el negocio de mi familia, pero yo vivo allí,” dijo el hombre.

“¿Ustedes quieren irse de polizones, verdad?,” encaró el conductor por primera vez.

“Como lo sabe, todos aquí parecen adivinos,” dijo Falcao Romeiro.

“Un hermano mío también se fue escondido en un barco. Ahora vive en Estados Unidos,” dijo el hombre.

“¿De veras?” Se interesó David Menachem III.

“Si. El se fue hacen muchos años,” dijo con marcada nostalgia el de Turbo.

“¿Y usted como se llama?,” preguntó Alberto Moreno, rompiendo el embrujo del instante.

“Me llamo Nicolás Valencia.”

El canal desembocaba en una amplia bahía rodeada de arbustos de mangle. Era una zona pantanosa.

En la bahía Nicolás Valencia aceleró el ruidoso motor y la embarcación alcanzó una vertiginosa velocidad. A medida que avanzaban el color del agua cambiaba dando matices mas claros, pero continuaba turbia. El olor salado del mar se podía respirar a grandes bocanadas con la presión del aire a esa velocidad. Al final de la bahía había una estación náutica de gasolina. Nicolás Valencia se acercó allí en busca de combustible.

“¿Como se llama este lugar?,” preguntó Alberto Moreno casi gritando por el ruido del motor.

“La Punta,” gritó a su vez el conductor. La velocidad fue disminuyendo hasta que atracaron en un pequeño muelle saliente a lo profundo del agua. Las maquinas dispensadoras de gasolina estaban conectadas con tuberías gruesas que se extendían hasta los tanques elevados con miles de galones de combustible.

El Golfo de Urabá estaba a un par de minutos de distancia. Inmediatamente después de llenar los recipientes se alejaron de ‘La Punta’, la cual era una saliente natural de arena peninsular de la bahía. Un barco de guerra de la Marina Colombiana, con cañones de grueso calibre apuntando hacia todas direcciones, protegía estratégico la entrada de la bahía. Anochecía, y las luces de los barcos se veían a la distancia. La rápida embarcación enfiló su proa hacia las olas del mar caribeño. El agua que levantaba la nave era empujada por la brisa y mojaba a tripulante y pasajeros.

“¡Pónganse los salvavidas!,” gritó Nicolás Valencia como medida de prevención. Sin perder tiempo se los ajustaron. La pericia del navegante resaltaba con cada embate de las olas. Atrás se veían las luces del pueblo y el reflejo de las luces de otro lugar.

“¿Que es eso allá?,” preguntó Alberto Moreno señalando hacia esas luces.

“La Playa. Es un barrio de Turbo, para nadadores,” gritó Nicolás Valencia.

Menos de una hora después de surcar las olas, al otro lado del Golfo estaba el carguero ‘Manchester Star’. Junto a este cargaban de bananas otros dos barcos, el uno era el ‘Akeebono Reefer’ y el otro el ‘Ciudad de Cartagena’, de la Flota Mercante Gran-colombiana. Ambos tenían lanchones flotantes amarrados a sus lados; junto a estos, sendos remolcadores arrimaban unas barcazas de hierro con cajas de cartón repletas de bananas y plátanos, confirmando que no había puerto de embarque. Toda la operación de cargue se realizaba en alta mar.

“El Manchester Star llegó hoy,” dijo Nicolás Valencia.

“Aquel que está allá, el negro, lo están cargando hacen tres días.” Nicolás Valencia se refería al ‘Ciudad de Cartagena’.

“El otro lo terminan posiblemente esta madrugada,” dijo.

“Para donde va el Akeebono Reefer?,” preguntó David Menachem III.

“Yo creo que va para los Estados Unidos, pero no estoy seguro,” respondió Nicolás Valencia.

“¿Y ese barco negro, para donde va?,” volvió a inquirir Menachem III.

“Ese es el ‘Ciudad de Cartagena’, va para Europa pero no me preguntes exactamente para donde,” dijo el lugareño.

“¿Como hacemos para averiguar si el Akeebono Reefer va efectivamente para los Estados Unidos?,” preguntó Alberto Moreno.

“En el pueblo, en las oficinas de la compañía que se encarga de los embarques, hay una lista pegada en la puerta de los barcos que vienen, para donde van, cuantas cajas de fruta se van a llevar y cuanto tiempo van a permanecer aquí,” dijo el hombre proveyendo valiosa información.

“¿De donde traen las bananas?,” preguntó David Menachem III.

“La traen de Nueva Colonia. Es un embarcadero de fruta localizado en el Río León. Allí las embarcan y luego las traen los remolcadores hasta aquí,” explicó.

“¿Nueva Colonia es un pueblo?,” preguntó Falcao Romeiro.

“Así es,” aseguró Nicolás Valencia.

“Es un poblado de trabajadores que se dedican al cultivo, empaque y embarque del banano y plátanos. Allí las corporaciones tienen sus lugares donde procesan la fruta. La lavan, la seleccionan, la empacan y la estiban en las barcazas que luego son haladas por los remolcadores hasta aquí,” dijo Valencia explicando el proceso de carga.

“Muchos que quieren irse escondidos se van hasta allá y se esconden en los barcazas. Después esperan su oportunidad y se meten a los barcos,” explicó nuevamente el de Turbo.

“¿Y como se meten en los barcos?,” hizo la pregunta que le interesaba David Menachem III.

“No es tan fácil. Pero esperan que se descuide la vigilancia, o se mezclan con los trabajadores y ahí se meten. Cuando están dentro de las bodegas del barco se ocultan haciendo huecos con las cajas y así viajan. Pero si los descubren…”

“Si, si, ya sabemos,” interrumpió Falcao, recordando quizás el gesto de cuello cercenado.

“¿Podemos acercarnos hasta las barcazas?,” preguntó Menachem III.

“No. Esta prohibido. Solo pueden mirar desde aquí,” respondió Nicolás Valencia.

“¿Quien lo prohíbe?,” preguntó de nuevo David III.

“Las corporaciones han tenido mucha presión de parte de los importadores y de gobiernos extranjeros por los polizones que han capturado en alta mar o en los puertos de llegada. En los Estados Unidos les han impuesto multas grandes. Por eso ellos prefieren pagar por seguridad y han contratado un servicio de vigilancia armada que se encarga de revisar a los empleados, la carga, e inspeccionan las bodegas al final del embarque para que nadie se les cuele, ni tampoco introduzcan nada ilegal. Es muy difícil meterse,” aseguró Nicolás Valencia.

“Pero no imposible. Al que cree nada es imposible,” prometió David Menachem III.

©2009 Mark Anthony Cortes

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