Capitulo 4
Prisioneros de Una Guerra Ajena
Años antes, en Brasil, cuando David Menachem III era todavía un niño, el río Amazonas estaba desbordado por las copiosas lluvias que habían caído en la región. Por sus caudales bajaban cantidades de deshechos de la jungla. El agua estaba corrompida con barro rojizo y el grueso de la corriente formaba remolinos esporádicos que arremetían contra los barrancos desnivelados de ambas orillas. Las lluvias habían dejado un ambiente gris y sombrío.
En medio de la jungla, junto a la frontera con Colombia, se hallaba un laboratorio clandestino, donde manos criminales procesaban pasta de coca y la convertían en cocaína purificada a un alto nivel. Hasta allí llegó la pequeña expedición de niños guiados por los secuaces de los secuestradores. Habían dejado el furgón hasta el tramo donde ya no había carretera. Luego se habían transportado por el río Amazonas en una pesada embarcación, y en camino hacia la zona fronteriza habían transbordado a un pequeño bote con motor fuera de borda conducido por un experto guía indígena vestido con taparrabos.
El campamento tenía acceso principal por un estrecho y largo canal oculto con ramas de árboles frondosos, lo cual excluía las miradas curiosas de los pocos nativos o de las escasas patrullas ribereñas.
Los narcotraficantes habían construido una escalera de acceso con troncos de bambú, la cual les ayudaba a desembarcar las provisiones y personal proveniente de la civilización. La pasta de coca proveniente del Perú, Bolivia y de otras regiones de Brasil, estaba embalada rústicamente en bultos y la enviaban a Colombia en aviones anfibios que acuatizaban en el Amazonas, después que los “cocineros” (o sea, conocedores del proceso químico) la purificaban y convertían en cocaína.
David Menachem III se sentía desconcertado. Ya no le salían mas lagrimas. Las había derramado durante el camino. Había clamado, implorando por una ayuda que se iba diluyendo y que cada vez se volvía imposible, pero sus raptores ni se inmutaban inmisericordes. No podía visualizar a su madre rescatándolo de una situación similar, ni mucho menos entendía la razón por la cual lo llevaban secuestrado. ¿Que querían de el y de los otros niños? Pronto llegaría a darse cuenta, y no era nada agradable.
Había en el campamento hombres fuertemente armados con fusiles semiautomáticos de fabricación rusa y americana, vestidos en fatigas militares. Además, todos llevaban machetes en el cinto y botas plásticas que les protegía casi hasta la rodilla. Era un regimiento de guerrilleros rebeldes colombianos.
Los niños prisioneros fueron conducidos por el camino que llegaba hasta una de las edificaciones de bambú y hojas de palma seca, donde habían muchas hamacas guindadas en lo que parecía ser un dormitorio comunal. No había nadie en el dormitorio. Se les indicó que deberían esperar allí hasta el atardecer.
“¿Como te llamas?,” le preguntó uno de los narco-guerrilleros al más grande de entre los niños en Portugués con acento extranjero.
“Me llamo Falcao Romeiro,” respondió tembloroso el muchacho en su idioma natal.
“No tengas miedo. Esta va a ser tu casa por muchos años. Nosotros somos tus amigos. Cuantos años tienes Falcao?,” preguntó, acariciándose la barba.
“Doce,” dijo el menor sin poder ocultar su nerviosismo.
“¿Y tu, como te llamas?,” le preguntó al otro niño junto a el.
“Soy Marinho DoNascimiento,” respondió el niño bajando la cabeza.
“¿Cuantos años tienes?,” inquirió el hombre armado.
“Voy a cumplir ocho,” dijo el niño sin levantar la vista.
“¿Y tu? ¿Como te llamas?,” le preguntó a David III.
“No hablo Portugués,” respondió Menachem en Español.
“¿Hablas Español?,” quiso saber el guerrillero.
“Si,” le contestó con miedo.
“¿Como te llamas?,” pregunto el rebelde en perfecto Español.
“David Menachem III,” respondió el muchacho.
“¿Menachem? ¿Eres Judío?,” preguntó extrañado.
“Si,” dijo el.
“¿Donde naciste?,” preguntó el adulto.
“En Brooklyn,” respondió David III.
“¿En donde?”
“En Brooklyn, Nueva York,” repitió. El rebelde armado no le creyó.
“Si, por supuesto,” pensó sarcásticamente el guerrillero en voz alta.
“¿Acaso no me cree?,” preguntó el niño mirando al adulto directamente a los ojos.
“Mira, muchacho, nosotros solo traemos niños de las barriadas mas pobres del Brasil, usualmente de Río de Janeiro; los que duermen en las calles, los que no tienen donde vivir, los que se están muriendo de hambre física, como ustedes. Nosotros les hacemos un favor en traerlos para acá. Allá no tienen nada. No tienen futuro. Son considerados como ‘desechables’ por la policía y por la misma gente que está harta que ustedes les estén robando y dañando sus propiedades. Aquí les damos una oportunidad para que trabajen y se hagan hombres desde pequeños. Aquí les damos comida, dormida y ropa. Allá ustedes no tienen ni que comer, sin un futuro. Allá no tienen ni siquiera una familia que responda por ustedes; en cambio aquí nos tienen a nosotros que somos su única familia, si se manejan bien. Si se manejan mal los echamos al río para que se los coman las pirañas,” amenazó el rebelde.
“¿Pirañas? ¿Que son pirañas?,” cuestionó David.
“Son unos pescados pequeños que hay en el río que se comen a los niños desobedientes, a los que no hacen lo que se les pida que hagan. Se los devoran en un minuto porque tienen unos dientes muy afilados y son muy hambrientos,” intimidó el adulto.
“Yo siempre voy a portarme bien,” prometió Menachem III con la inocencia de su infante edad.
“Eso espero.”
“¿Usted es policía?,” preguntó ingenuamente el pequeño.
“Si,” respondió mintiendo el guerrillero, con una sonrisa también falsa mientras miraba su arma.
“Nosotros somos policías del Ejercito Revolucionario Armado de Colombia.”
“¿Policías del ejercito?,” trató de entender Menachem III.
“Mas o menos,” razonó el hombre anudándose las manos atrás mientras se paseaba en círculos, pensativo, filosofando.
“Nosotros somos un grupo que pelea por el bienestar del pueblo. Para que las personas pobres, así como tu y tu familia, puedan tener iguales derechos que los ricos en mi país,” comentó el adulto.
“¿Cual es su país?,” quiso saber el muchacho.
“Colombia,” dijo.
“¿Colombia?,” pensó Menachem III en voz alta.
“Si, esta al otro lado del río,” explicó el hombre.
“Mi mama me dijo que íbamos para Argentina, para Buenos Aires,” trató de recordar David Menachem III.
“¿Donde esta tu mama?,” quiso saber el rebelde.
“No se,” dijo triste el niño, agachando el rostro. “El amigo suyo la golpeó en la cara y la dejó sangrando en el suelo,” indicó, aguantando una lagrima que forzaba por traicionarlo.
“¿Cual amigo?,” inquirió el guerrillero.
“El señor que golpeó a mi mama y me llevó a la casucha de la ciudad,” denunció Menachem.
“Ese no es mi amigo. Mi amigo es quien hace un trabajo bien hecho. No puedes confundir entre una persona a otra, aunque ambos jueguen en el mismo equipo y defiendan la misma bandera. Hasta en una familia hay ovejas negras que hacen la diferencia entre un hermano y otro. No todos somos iguales aunque todos tratemos de servir a un ideal en común. No todos nos enrolamos en este ejercito con la misma intención. Unos lo hacen para servir y otros para lucrarse solamente. Otros, como yo, nos lucramos, pero utilizamos nuestras ganancias para impulsar un bienestar mayor para el pueblo necesitado. Nosotros somos fuente de empleo para aquellos campesinos que el gobierno central ha abandonado. Somos su única esperanza de progreso. Cuando los campesinos se unen a nuestro ejercito, algunos salen buenos, pero otros salen malos. Muy malos. Nosotros les pagamos para que nos traigan los niños que están durmiendo en las calles y no tienen donde vivir. No para que le arrebaten a los niños de sus madres,” se enojó seriamente el hombre armado.
“¿Entonces puedo volver con mi mama?,” se le encendió una luz de esperanza en su corazón.
“Primero voy a investigar que fue lo que pasó. Luego hablaremos otro poco. Mi nombre es Francisco Montero, yo soy el jefe de este escuadrón,” reveló el guerrillero.
“¿Cuantos años tienes?,” le preguntó.
“Once,” respondió David III.
“¿Tienen hambre?” Les preguntó a los otros niños en portugués.
“Si.” Respondieron todos, menos David, al unísono.
“¿Y tu, tienes hambre?,” inquirió Montero dirigiéndose a David en Español.
“Si, hacen tres días que no comemos nada, solo bebimos agua del río,” dijo el niño.
“Voy a enviarles a la cocina con el camarada que esta parado en la puerta, su nombre es Simon Vásquez. El va a ser el responsable de ustedes por el tiempo que permanezcan aquí. No hay forma de escapar de este lugar. Todo es selva. Hay tigres, anacondas y cocodrilos hambrientos a nuestro alrededor, por lo tanto van a tener libertad de movimiento limitada. No se pueden acercar a la casa grande donde están los hombres trabajando ni tocar los químicos que están en esa área,” instruyó Montero señalando hacia la zona norte del campamento, donde en un rancho de proporciones generosas y cubierto con techo camuflado para no ser detectado desde el aire, operaba el laboratorio clandestino.
“Quien desobedezca una de mis ordenes lo tiro a las pirañas. ¿Entendido?,” preguntó el líder con voz autoritaria después de dar esa y otras instrucciones básicas.
“Entendido,” respondió David Menachem III a Francisco Montero quien tradujo lo mismo a los otros en su idioma.
Simon Vásquez era un guerrillero atípico, quizás el mas joven que portaba un arma en ese campamento. Era un tipo delgado y alto, a quien el uniforme militar le quedaba físicamente grande; con cara atiborrada del acné que produce la masturbación repetitiva a lo largo de muchos años, de dientes amarillentos por falta de higiene y encías inflamadas por el sarro. Aparentaba tener unos veinte años de edad por su descuido, pero quizás era mucho menor, como un adolescente. Esta sería su primera misión oficial. Tendría bajo su cargo la vigilancia de los chicos.
Vásquez había sido llevado a la edad de seis años como prisionero de esa guerra ajena a otro de los campamentos guerrilleros en la selva colombiana. Lo habían recogido deambulando las frías calles de su nativa Bogotá donde era considerado como un ‘desechable’, un gamin, o niño de la calle. Nunca supo quien fue su padre ni su madre. Le habían enseñado que su madre era una prostituta adicta a la heroína, y que le había abandonado junto con sus seis hermanos mayores que el en el tugurio donde vivían. También le habían dicho que sus hermanos, quienes vivían de la caridad de otras personas, del robo y de lo que recogían y vendían del basurero municipal, se encargaron de cuidarlo durante sus primeros años de infancia.
A la edad de seis años ya había inhalado los vapores adictivos de los químicos para pegar zapatos, había fumado cigarrillos y marihuana y había tomado alcohol.
“Hola,” dijo David III, moviendo la mano en señal de amistad. El guerrillero solo respondió con un movimiento de cabeza reconociendo el saludo.
“Me llamo David,” le dijo en Español, pero no escuchó respuesta.
“¿Tu sabes hablar Ingles?,” le preguntó David Menachem III. Vásquez solo lo miraba calculando sus movimientos mientras continuaba limpiándose las uñas con la punta de un cuchillo de combate.
“¿No puedes hablar?” Como respuesta Simon Vásquez abrió la boca y David Menachem III retrocedió por la impresión de lo que vio. En lugar de lengua el guerrillero tenía el tronco cicatrizado de un pedazo de carne cercenada, la cual se movía de un lado para otro emitiendo sonidos guturales.
Al ver que David y los otros niños se atemorizaron, Vásquez comenzó a reírse con unas carcajadas deformes y a infundirles miedo a los pequeños repitiendo la demostración de la salvaje amputación.“Ya basta Simon!,” ordenó enérgicamente Francisco Montero. “Es hora de ir a la cocina o se quedaran sin comer!,” dijo. Y aplaudió tres veces en ademán de entrar en acción. Los chicos, guiados por Simon Vásquez se dirigieron a la cocina en fila india.
***
Durante los siguientes seis años estuvieron cautivos. Los niños aprendieron a lavar, planchar y coser uniformes rotos; lavar platos y ollas sucias todos los días; el arte de la guerra de forma teórica y a fabricar cocaína. También presenciaron el embarque de mas de ochenta toneladas de cocaína purificada con destino a Colombia; la incursión armada a Puerto Leticia, una ciudad colombiana a la orilla del Amazonas; y el secuestro de otros niños y de algunos adultos extranjeros.
Los muchachos habían aprendido a convivir entre sí. David Menachem III estaba desarrollando sus talentos naturales de liderazgo entre el grupo de cautivos y captaba rápidamente el bombardeo psicológico de la ideología guerrillera al cual estaban a diario sometidos.
El objetivo era prepararlos para ser utilizados como ayudantes sin sueldo e instruirlos como semillas del comunismo. Luego, después de varios años de ‘lavado de cerebro’, serían enviados a zonas de conflicto en Colombia donde podrían practicar las técnicas aprendidas en acciones contra objetivos militares del gobierno.
Para el grupo armado, Brasil representaba un sitio seguro desde donde podrían lanzar su operativo “Blanca Nieves”, como le llamaban al jugoso negocio de procesamiento de cocaína que manejaban como una maquinaria aceitada. A su vez desde allí podían hacer incursiones militares a Colombia y regresar sin ser detectados ni perseguidos. Brasil era la guarida perfecta, por su clima, por su espesa vegetación, por ser un país no-participante en el conflicto armado local.
Para lograr solamente un kilo de pasta de coca en bruto, la base de la cocaína refinada, los narcos-guerrilleros necesitaban 10 arrobas de hojas de coca, 1 galón de ácido sulfúrico, 2 kilos de carbonato de sodio, 10 galones de queroseno, 6 kilos de carbonato de calcio, 60 litros de agua…y pisar. Pisar y pisar y seguir pisando las hojas en unas piscinas plásticas como parte laboriosa del proceso para extraer el alcaloide. En realidad para eso eran los niños. Era un proceso químico rustico y ordinario, pero efectivo y muy productivo.
Uno de los aspectos interesantes de la cocaína es como la mayoría de los colombianos la tienen como una droga sucia, para gente de baja clase social en Colombia, mientras que en los países desarrollados es glorificada como sofisticada y para uso de los ricos. Esto sin importar el hecho que los colombianos les gustan fuertemente las fiestas. La cocaína es barata como el polvo de la tierra y fácilmente asequible, solo cuesta un par de dólares por gramo en el mercado callejero; al por mayor es mucho mas barata. Los narcotraficantes fabrican una versión de “crack” llamado “bazuco” que es principalmente para la gente de la calle y cuesta centavos de dólar. Es un negocio complejo que cumple un círculo vicioso paradójico con la más alta demanda para su consumo en Estados Unidos, quien a su vez le da más dinero y ayuda militar a Colombia que ningún otro país excepto Israel y Egipto, para combatir el flagelo.
Poniendo de un lado los efectos obvios de la producción de cocaína en la salud, el ambiente y la sociedad, la cocaína es una de las peores drogas que una persona puede utilizar. Los usuarios dicen “sentirse bieeen”. Y sí, es verdad, les da una clase de eleve placentero, algo así como tomarse varios expresos sin ponerse tembloroso.
Hace sentir al individuo confiado y hablador. También lo puede hacer sudar, ponerlo en estado paranoico, semi-coherente, y definitivamente HABLADOR. Para todas las personas que están al lado de alguien drogado con cocaína, el drogado luce y suena como un completo “raro”. Entonces la droga los hace querer cada vez más. La cocaína tiende a hacer que la gente alrededor del drogado se ponga extremadamente inconforme de estar a su lado por mucho tiempo. Si alguien se habitúa a su uso, tiende a convertirse en adicto a largo plazo. Llega a un punto en el cual no puede vivir un día sin inhalar cocaína. Si la droga se toma junto con alcohol, las consecuencias y riesgos se duplican.
Es muy difícil saber por cuanto tiempo la cocaína permanece en el sistema después de ingerida. Sin embargo los más grandes factores que determinan el tiempo de permanencia tienen que ver con la cantidad que se consume. También la forma como se ha consumido, el nivel de intensidad conque se consumió; la frecuencia del consumo, el efecto de otros medicamentos que se tomen diariamente; el limite de tolerancia del cuerpo, la edad, el sexo, el rango metabólico y el estado de salud del individuo. Dado los numerosos factores, el tiempo que toma el cuerpo para eliminar los residuos de cocaína consumida es impredecible. Hay reportes disponibles que sugieren la presencia de cocaína en el sistema por un lapso de tiempo de 25 años desde su inserción.
***
Al concluir el séptimo año de cautiverio David Menachem III presenció la muerte del jefe insurgente Francisco Montero por uno de sus propios hombres, el cual había sido severamente castigado por abusar sexualmente de una de las mujeres guerrilleras encargadas de la cocina. El asesino se quitó la vida de un disparo en la boca con el mismo fusil que había matado a su jefe.
La vida en el campamento había sido relativamente fácil para los prisioneros mientras Francisco Montero aun vivía. Pero cuando la cúpula de la guerrilla envió al nuevo jefe designado, todo cambió en ‘El Polo Norte’, como le llamaban en código a ese campamento por la cantidad de ‘nieve’ que allí se procesaba.
La llegada del comandante Wilson Escobar fue a la medianoche de un día martes. Esa noche, todos los guerrilleros y prisioneros, sin excepción, fueron levantados de sus hamacas y obligados a ejercitarse hasta altas horas de la madrugada. El comandante Escobar había encontrado el campamento sin vigilancia alguna y quiso poner sus reglas del juego desde el principio. Los que funestamente estaban designados a ser los centinelas de guardia aquella fatídica noche, perdieron la vida con disparos en la cabeza, estilo ejecución, propinados por el mismo Escobar. El tipo era un salvaje y sanguinario asesino que tenia una insaciable sed de matar. Era un hombre de baja estatura, y su cuerpo torneado y firme, era el reflejo de la rigurosa disciplina física que había sido sometido. Usaba espejuelos redondos permanentemente y su rostro estaba siempre bien afeitado.
Cuando hacia incursiones de asalto a poblaciones donde habitaban personas acusadas de ser informantes del ejército nacional colombiano; Escobar y sus hombres entraban con lista de nombres en mano, sacándolos con violencia de sus camas a media noche y los alineaban en la plaza principal, delante de otros residentes de las aldeas. Luego, para crear escarmiento y amedrentar a otros posibles delatores, los ejecutaba cortando las cabezas. Después les abría el pecho y les sacaba el corazón y hacia que sus hombres comieran carne humana y tomaran sangre, so pena de muerte. Predicaba que tomar sangre y comer sangre humana les daba resistencia y ganas de seguir matando. Mujeres sospechosas de ser delatoras, sufrían violación carnal de veinte o treinta guerrilleros haciendo fila. Escobar obligaba que violasen sexualmente al guerrillero que no participara de las violaciones. Desde la llegada de Escobar a la zona, las fosas comunales abundaron y las aguas del río se llenaron de cadáveres por sus masacres. El suyo fue un reinado de terror.
David Menachem III y sus amigos fueron obligados a permanecer encerrados en los calabozos subterráneos donde tenían a los secuestrados adultos, cuando antes gozaban de relativa libertad de movimiento por casi todo el campamento. Con excepción de los adolescentes, los prisioneros adultos estaban encadenados unos a otros con cepos en el cuello que les impedía fugarse.
Cuatro meses duró su encierro subterráneo. Después de permanecer por tanto tiempo prisionero y escuchar las horrorosas historias que relataban los guerrilleros, decidió escapar junto con otros cinco jóvenes excavando un túnel dentro del calabozo.
El túnel desembocaba directamente en la vegetación junto al desembarcadero. Desde allí podían divisar las pequeñas embarcaciones que llevaban los cargamentos de droga hasta los aviones anfibios que esperaban en turnos para ser cargados en el medio del río. Las aeronaves acuatizaban y quedaban flotando en el río con el motor encendido en caso de tener que huir de emergencia mientras eran cargadas en una operación relámpago.
Al descuidarse uno de los vigilantes, David Menachem III se dirigió hacia una de las embarcaciones y se escondió entre los bultos de cocaína. Luego le siguió otro de los cinco muchachos escapados que también alcanzó a esconderse. Era Falcao Romeiro. Mientras tanto los cuatro restantes observaban la maniobra de David Menachem III y el otro joven a la distancia, esperando una oportunidad para imitarles. Pero antes que pudieran hacer lo mismo llegó el último hombre cargando 50 kilos de cocaína en sus hombros, depositó su pesada bolsa en la embarcación, soltó las amarras y se dirigió hacia el avión anfibio. Aun en la embarcación, los dos fugitivos buscaron escondrijo en una de las cajas de madera que llevaba unos generadores eléctricos, los cuales iban de regreso a Colombia para ser reparados.
Al llegar al avión flotante los estibadores comenzaron a meter toda la carga dentro, incluyendo las cajas de madera con los generadores. La embarcación quedó completamente vacía.
“¡Esta es la ultima!,” gritó por encima del ruido de las hélices el que manejaba la embarcación.
Un hombre con anteojos polarizados y pipa encendida respondió con un ademán de despedida, cerró el compartimiento presurizado de carga y se dirigió a la cabina de mando de la aeronave.
Los dos motores del aparato rugieron al medio día en el río Amazonas, espantando una colonia de aves carroñeras que reposaban en las copas de los árboles.
El bimotor comenzó a moverse pesadamente por las turbias aguas hasta alcanzar cierto recorrido. El piloto aceleró a toda potencia y el anfibio se deslizó los últimos metros por la superficie líquida hasta quedar flotando en el aire. Luego ganó altura.
Las condiciones climáticas eran excelentes. En pocos minutos habían cruzado la frontera y se encontraban en territorio Colombiano. El azul del cielo se extendía soberano en el horizonte. La aeronave llevaba rumbo noroeste, hacia el centro del país. Atrás quedaba la serpentina café del Amazonas en medio de la tupida selva tropical.
Varias horas después el bimotor anfibio aterrizaba en una pista clandestina en algún lugar del Valle del Cauca, cerca de Cali. Después del aterrizaje un grupo de hombres cubrió la pista con unas casas rodantes, lo cual le daba el aspecto de ser un poblado desde el aire, de esta forma burlaban toda vigilancia aérea por parte de los aviones de reconocimiento del gobierno.
©2009 Mark Anthony Cortes
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