Capitulo 5
Con Palabras Se Empieza
“Así dice Jehová, Dios de Israel: Escribe en un libro todas las palabras que te voy a dar.” (Jeremías 30: 2)
“Así dice Jehová, Dios de Israel: Escríbete en un libro todas las palabras que te voy a dar.” (Jeremías 30: 2)
El parque temático ZION estaba de fiesta aquel día martes por la mañana. El espectáculo de las edades se estaba desenvolviendo de acuerdo a lo sucedido en el relato bíblico. Algunos eventos no eran cronológicos pero habían sido programados para que reflejasen lo escrito en las Sagradas Escrituras y otros libros de autoridad eclesiástica del mundo Cristiano. Era a Cristo a quien se trataba de enaltecer con cada presentación. Todo había sido construido para perpetuar los eventos que partieron en dos la historia de la humanidad: Antes de Cristo y Después de Cristo (A.C. /D.C.).
Pero no solo cristianos asistían a ZION. El parque representaba un reto asombroso para las mentes de miles de otras personas que no iban allí por motivos religiosos. Filósofos, arqueólogos, geólogos, científicos, jefes de estado y personalidades de la farándula, el cine y los deportes se encontraban allí por convicción propia, por curiosidad o ampliando conocimientos.
Históricamente es sabido que cuando el Cristo dio inicio a su labor en favor de la redención de la humanidad, se dirigió al mismo templo donde anteriormente había expulsado a los mercaderes que con sus practicas deshonestas de comercio habían profanado la pureza de aquel santo lugar. Al final de su misión, vino de nuevo al templo y lo halló tan profanado como antes. El estado de cosas era peor aun que cuando allí volvió.
La parte de afuera de la edificación, conocida como el atrio exterior, tenia la semejanza de un amplio corral de ganado. Los animales hacían sus necesidades fisiológicas en el atrio, y el olor nauseabundo de orina y restos fecales se mezclaba con el ruido de las monedas, las discusiones acaloradas de los mercaderes y las voces de los oficiantes ocupados de los rituales sagrados.
Aun los herederos de los descendientes de los levitas, ocupados estos últimos desde la época mosaica de atender los servicios en el tabernáculo nómada cuando deambularon por el desierto, se ocupaban en comprar y vender y en cambiar dinero. Parecían controlados por un afán de lucrar; tanto así que despreciaban con sus acciones al Dios que decían adorar, poniéndose ellos mismos a la par de los deshonestos.
En el tiempo histórico real de Jesús aquellos oficiantes en el templo y los líderes y gobernantes de la nación judía no consideraban el profundo valor del significado que suponían sus posiciones dentro del esquema divino, y por lo tanto no trataban sus puestos de influencia con la reverencia que la labor requería.
Cada año, cuando llegaban los días de celebrar la liberación de la esclavitud de Egipto y en las Fiestas de las Cabañas, la nación ofrendaba miles de animales que los sacerdotes degollaban y derramaban la sangre sobre el altar de los holocaustos. Habían establecido un proceso rutinario de ofrecimiento de sangre demasiado familiar como para comprender su verdadero significado: que sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados.
Tampoco alcanzaban a comprender que esto era el prototipo y símbolo de lo que haría el Mesías esperado y pregonado por ellos mismos para la redención de las faltas de todo aquel que creyera en el. El verdadero Jesús había mirado las inocentes victimas de los sacrificios, y vio como los judíos habían convertido estas grandes convocaciones en escenas de derramamiento de sangre y crueldad.
En vez de arrepentirse sinceramente por sus faltas, multiplicaban la cantidad de sangre de animales que se ofrecía, esperando de algún modo cauterizar sus conciencias sin pasar por la transformación interna de un verdadero arrepentimiento nacido del corazón.
Aun los mismos herederos de los levitas y burgueses de la clase gobernante habían endurecido sus corazones egoístas por la avaricia.
Los símbolos que representaban al Cordero de Dios habían sido convertidos por la clase sacerdotal en medios de ganancia. De esta manera delante de la vista de la gente común los rituales santos de los sacrificios habían sido profanados y perdido su valor real. Esa fue una de las cosas que mas disgustó al Jesús que enseñan las Escrituras cuando llegó al templo; puesto que entendía que los sacerdotes, y por ende la gente común, no alcanzarían a diferenciar entre la sangre derramada de los animales y la suya propia como propiciación por el pecado del mundo.
Las profecías tenían que cumplirse cuando el pueblo lo proclamó el rey de Israel. El había recibido su homenaje y aceptado el titulo de rey. Debía actuar como tal. Sabía que serían vanos sus esfuerzos por reformar un sacerdocio corrompido; no obstante, su obra debía hacerse; debía darse a un pueblo incrédulo la evidencia de su misión divina.
De nuevo la mirada penetrante del Jesús que clamó ser el Hijo de Dios recorrió los profanados atrios del templo. Todos los ojos se fijaron en él. Los sacerdotes y gobernantes, los fariseos y gentiles, miraron con asombro y temor reverente al que estaba delante de ellos con la majestad del Rey del cielo. La divinidad resplandecía a través de lo humano, invistiendo a Cristo con una dignidad y gloria que nunca antes había manifestado. Los que estaban mas cerca se alejaron de él tanto como el gentío lo permitía. Exceptuando a unos pocos de los más cercanos seguidores, el Salvador quedó solo. Se acalló todo sonido. El profundo silencio parecía insoportable.
Cristo habló con un poder que influyó en el pueblo como una poderosa tempestad: “Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada, mas vosotros cuevas de ladrones la habéis hecho.” Su voz repercutió por el templo como trompeta. El desagrado de su rostro parecía fuego consumidor. Ordenó con autoridad: “Quitad de aquí esto.”
David Menachem III observaba a la gente en silencio. Al ver la realidad de la gente caminando por las calles de ZION no pudo menos que invocar en su mente el relato bíblico que tantas veces había leído.
Le llamaba la atención de forma especial el acto de Jesús al expulsar los mercaderes del templo. El mismo se sentía como un mercader comercializando la imagen del Maestro de Galilea. En su corazón había un deseo insaciable de sentirse aprobado en sus acciones. Buscaba en el rostro de los presentes una señal de confirmación al trabajo que estaba realizando. Sabía de las implicaciones que representaban su actuación y la de su equipo. Ninguno podía negar que el espectáculo era revivido de manera virtual en la personificación, ya fuese por el elenco de actores y su aprendida actuación; por el escenario; por la repetición de las costumbres; o por los participantes implícitos; pero lo que no estaba del todo claro era si el objetivo de presentar a Jesús como al Salvador del mundo se perdía de vista con la imitación. Eso era lo que David Menachem III trataba de arrancar en las expresiones de su público.
Algunos rostros de las personas en la audiencia se notaban curiosos y a la expectativa. Había una actitud de indiferencia en otros, que no tenían interés en los diálogos ni actividades que se realizaban, y en muchos otros se había perdido ya toda motivación de participar. No todos estaban satisfechos de estar allí.
ZION era en ese sentido un parque temático como cualquier otro. Los caracteres y personalidades de la gente continuaban siendo las mismas. La diferencia la demarcaba la actitud conque se recibía o rechazaba el mensaje que la compañía trataba de expresar.
El tema de la religión era un asunto muy académico para algunos, irrelevante para otros y muy importante para otros mas. Cada persona en ZION tenía una razón particular con su asistencia allí. Sin importar la razón o el interés personal del individuo todos tenían en común el vivo deseo de experimentar algo diferente y único. Eso precisamente era ZION, una experiencia singular.
La voz de David Menachem III se escuchó con autoridad, algo que él sabía impartir muy bien:
“Quitad de aquí esto!,” dijo.
“Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada, mas vosotros cuevas de ladrones la habéis hecho.” Su voz también repercutió por el templo como trompeta.
Luego preguntó a sus oyentes:
“¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas los pueblos? Mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones!”
Acto seguido se abalanzó contra la mesa de los cambistas con violencia y volcó sus mesas en el suelo. Las monedas cayeron en el piso del atrio del templo y bueyes, ovejas y palomas se movilizaron inquietos entre mercaderes presurosos.
“Fuera! Fuera del templo!,” gritó David Menachem III. Su actuación era impecable. Su ira parecía real. Parecía estar reclamándose así mismo por comercializar esos mismos eventos. El público había pagado por verle expulsar mercaderes de la casa de Dios.
Levantó en vilo una de las mesas de madera y la azotó contra el empedrado.
El público se apartó y al igual que los mercaderes comenzaron a salir, a retroceder de los atrios del templo.
“¿Con que autoridad haces tu estas cosas?,” preguntó uno de los artistas con potente voz.
El hombre estaba acompañado de otros mas, vestidos con excelentes ropajes sacerdotales. Las personas que se habían comenzado a ir regresaron al escuchar la voz, recordando que aún hacía falta esa parte del histórico relato.
“Os haré yo también una pregunta,” dijo David Menachem III. “Respondedme, y os diré con que autoridad hago estas cosas: ¿El bautismo de Juan, era del cielo o de los hombres? Responded!”
Dice la Escritura que entonces ellos discutían entre sí, diciendo: Si decimos, del cielo, dirá: ¿Porque, pues, no le creísteis? ¿Y si decimos, de los hombres…? Pero temían al pueblo, pues todos tenían a Juan como un verdadero profeta.
Eso fue exactamente lo que hicieron los actores. Luego le gritaron a Menachem III:
“No sabemos.” Entonces él, respondiendo les dijo: “Tampoco yo os digo con que autoridad hago estas cosas.” Los actores se mostraron desconcertados. El público seguía la acción de cerca.
“¡Destruid este templo y yo en tres días lo reconstruiré!,” pronosticó David III.
“¿Que?,” preguntaron los artistas atónitos al unísono. “Nuestros padres se demoraron 40 años en construir este templo y… ¿tu dices que lo puedes construir en 3 días?,” dijeron ellos señalando hacia el templo.
David Menachem III se quedó pensativo por un momento deliberado. “¿Que, pues, es lo que está escrito: La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo? Todo el que cayere sobre aquella piedra, será quebrantado; mas sobre quien ella cayere, le desmenuzará,” sentenció el magnate.
“Ay de vosotros, fariseos, hipócritas! Sepulcros blanqueados! Que diezmáis la menta, y la ruda, y toda hortaliza, y pasáis por alto la justicia y el amor de Dios. Esto os era necesario hacer, sin dejar aquello,” agregó Menachem.
“Ay de vosotros, fariseos! Que amáis las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas. Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Que sois como sepulcros que no se ven, y los hombres que andan encima no lo saben.” David Menachem III casi gritaba. Uno de los que estaba con los sacerdotes dijo:
“Maestro, cuando dices esto, también nos afrentas a nosotros.”
Y David Menachem III se dirigió a él, diciéndole:
“Ay de vosotros también, interpretes de la ley! Porque cargáis a los hombres con cargas que no pueden llevar, pero vosotros ni aun con un dedo las tocáis. Ay de vosotros, que edificáis los sepulcros de los profetas a quienes mataron vuestros padres! De modo que sois testigos y consentidores de los hechos de vuestros padres; porque a la verdad ellos los mataron, y vosotros edificáis sus sepulcros.” El judío neoyorquino parecía haber caído en un estado de iluminación personal. Las palabras que había memorizado fluían en perfecta armonía con el relato histórico de las Escrituras.
“Por eso la sabiduría de Dios también dijo: Les enviaré profetas y apóstoles; y de ellos, a unos mataran y a otros perseguirán, para que se demande de ésta generación la sangre de todos los profetas que se ha derramado desde la fundación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que murió entre el altar y el templo; si, os digo que será demandada de ésta generación,” dijo Menachem.
“Ay de vosotros, intérpretes de la ley! Porque habéis quitado la llave de la ciencia; vosotros mismos no entrasteis, y a los que entraban se lo impedisteis.” Luego David III miró a la multitud y les dijo:
“Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Porque nada hay encubierto, que no haya de descubrirse; ni oculto, que no haya de saberse.
Por tanto, todo lo que habéis dicho en tinieblas, a la luz se oirá; y lo que habéis hablado al oído en los aposentos, se proclamara en las azoteas,” advirtió, señalando hacia los actores con ropa sacerdotal.
“Mas os digo, amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada mas pueden hacer. Pero os enseñaré a quien debéis temer: Temed a aquél que después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno; si, os digo, a éste temed,” explicó Menachem dirigiéndose a los turistas.
Luego, David III les hizo una pregunta:
“¿No se venden cinco pajaritos por dos cuartos? Con todo, ni uno de ellos está olvidado delante de Dios. Pues aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; mas valéis vosotros que muchos pajaritos. Os digo que todo aquel que me confesare delante de los hombres, también el Hijo del Hombre le confesará delante de los Ángeles de Dios; mas el que me negare delante de los hombres, será negado delante de los Ángeles de Dios,” expresó Menachem.
La gente escuchaba y observaba en silencio como se desenvolvía la antigua trama. Los parámetros de interpretación artística eran probados con la interacción de la gente, los cuales eran parte activa del drama y no solo espectadores sentados en butacas de teatro comiendo palomitas de maíz y mirando el desarrollo de una historia. Al estar dentro del escenario y estar integrados al diálogo y las acciones que aparentaban ser espontáneas, los presentes experimentaban una vivencia única e inolvidable con la capacidad de convertirse en un recuerdo que los acompañaría, quizás, por el resto de sus vidas.
“Con palabras se empieza. A todo aquel que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que blasfemare contra el Espíritu Santo, no le será perdonado,” Menachem III dijo.
“Cuando os trajeren a las sinagogas, y ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis por como o que habréis de responder, o que habréis de decir; porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debáis decir,” agregó.
Entonces uno de los actores dentro del público gritó:
“Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia.” Los turistas voltearon para ver de donde salía la voz e identificaron al regordete actor que comía un muslo asado de pavo.
David III, personificando a Jesús le respondió:
“Hombre, ¿quien me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor?”
***
Su mente siempre había funcionado en espiral. Siempre había gravitado en los pensamientos que iban moldeando su existencia. Desde hacia mucho tiempo solo dormía dos horas por día, y las veintidós que le quedaban eran cortas para la cantidad de funciones que desempeñaba. Aunque David Menachem III tenía personal clave en las diferentes posiciones de manejo en su organización, era sobre sus hombros donde se cargaban todas las decisiones importantes.
Su estilo de trabajo era dinámico, con mucha energía. Su día empezaba con oración, meditación trascendental, ejercicio físico y lectura. Preparaba sus asuntos concentrándose en los detalles más pequeños. Poseía un genio creador. Su interior era como una mina de diamantes de donde salía un diamante por vez. Nada se desperdiciaba. Todo era muy bien calculado y preciso.
©2009 Mark Anthony Cortes
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