Capitulo 2

Con David Tres Veces en Rio de Janeiro

Con altas murallas cercando su alrededor, el parque temático ZION parecía una réplica exacta a escala real de la ciudad de Jerusalén de los tiempos de Cristo, tal y como la había diseñado el profesor M. Avi-Yonah, cuya maqueta en miniatura se encuentra en el hotel Holyland de la Jerusalén actual. David Menachem III la había construido en el desierto de Arizona, donde esa topografía en América del Norte de alguna forma se asemeja a la zona de Israel donde se encuentra Jerusalén.

La muralla de la ciudad estaba estructurada en armazón de hierro, forrada con láminas prefabricadas de fibra de vidrio. Este delgado material estaba revestido de un diseño artístico que daba la apariencia de ser bloques verdaderos de piedra de cantera. Por lo tanto la muralla era hueca.

Dentro del muro, en la base de las torres, se ubicaba un complejo centro de operaciones que incluía áreas de descanso y entrenamiento para los empleados, cubículos de oficina, sistema interactivo de monitoreo visual, etc. Era quizás dentro de las huecas murallas, no visible para los visitantes, donde se encontraban los últimos vestigios de vida moderna. Desde ese interior y en la fortaleza Antonia operaba el sistema administrativo del parque.

En la parte exterior superior de la muralla se elevaban las torres con sus pasillos, a los cuales se tenía acceso con escaleras internas. Los “guardias Romanos” de seguridad vigilaban desde allí.

Nadie podía entrar a ZION vistiendo ropas modernas, pero al pasar a la ciudad por cualquiera de sus portones de “madera”, que en realidad eran puertas de estructura metálica recubiertas de ese otro material que les daba la apariencia, los visitantes entraban a otro mundo.

Sin excepción, la primera parada obligatoria era en las barracas de las diferentes entradas, convenientemente organizadas junto a la parte inferior externa de la muralla, con cientos de trabajadores agilizando el tráfico humano, atendiendo las ventanillas y distribuyendo la vestimenta que se usaba en aquellos tiempos.

Antes de entrar los visitantes al parque temático, tenían que mostrar sus respectivas reservas o boletos, previamente ordenados por el Internet o por teléfono, después de lo cual se les entregaba un mapa de la ciudad y se les indicaba como llegar a sus albergues.

Los más adinerados reservaban ya fuese cerca del palacio de Herodes o dentro del palacio mismo. Allí eran tratados como realeza por sirvientes que les cumplían sus más mínimos deseos. La mayoría de las personas, sin embargo, se alojaba en las barriadas humildes, donde los precios eran favorables. Aparte de ser un parque de diversiones diferente, el lugar tenía un atractivo rico en historia. Aunque el parque era visitado por personas de todo el mundo el grueso de turistas quería meterse en la antigua pero aun vigente experiencia. Muchas de estas personas preferían someterse a las limitaciones de aquel tiempo y vivir por una semana como vivieron los personajes de la época. Para otras personas menos estudiosas el parque representaba el cumplimiento de profecías acerca de la restauración del templo y del sistema de sacrificios.

Un alto porcentaje de guardias Romanos de seguridad eran atletas físico-culturices entrenados rigurosamente para responder en situaciones de emergencia masiva. Tenían rangos de comandancia y estaban muy bien organizados con su sistema de comunicación interna, el cual los mantenía conectados con dispositivos de comunicación digital dentro de sus cascos militares.

El centro de operaciones de la fuerza militar Romana estaba localizado en la fortaleza Antonia, cerca del templo.

La fortaleza Antonia era una estructura también hueca reforzada en metal. En la parte exterior tenía la apariencia de ser un verdadero castillo fortificado con sus muros y cuatro imponentes torres. Había espacios abiertos que permitía a los visitantes caminar y observar a los miembros de la guardia hacer sus maniobras tácticas.

El templo era bello. Era una replica exacta del original, tal y como se lo había imaginado el profesor M. Avi-Yonah. Sus paredes se elevaban mas arriba de los muros de la ciudad y sus atrios se extendían soberanos en la ciudad de David Menachem III.

En el diseño del templo los ingenieros no escatimaron costos ni esfuerzo. Los detalles de la obra eran sobrecogedores. Sus gruesas columnas blancas sostenían capiteles de mosaicos dorados, las diáfanas escalinatas estaban forradas con losas de mármol; y encima, en el techo, afiladas puntas con la apariencia de oro salían para evitar que aves se posaran allí.

Atendido por la Orden Sacerdotal, cuyos miembros vestían elaboradas prendas rituales, el atrio de los gentiles y el lugar santo del famoso Templo de Salomón permanecían abiertos al público durante toda la semana, pero al lugar santísimo solo se tenia acceso una vez al año, para lo cual planificaban una celebración anual con eventos especiales. Preveían que las colas para visitar el lugar santísimo serian tan grandes que muchas personas se levantarían muy temprano en la madrugada de ese día para asegurarse un puesto en la línea, pero aun así muchas otras se quedarían sin conocerle.

En el hipódromo se llevaban a cabo eventos especiales que entretenían a los visitantes, incluyendo peleas entre gladiadores con vehículos tirados por caballos.

La plaza de mercado, junto al templo, era otro lugar de reunión masiva, allí se encontraba de todo: frutas, vegetales, recordatorios, granos, y hasta animales.

El realismo del parque era impactante. Pero lo que mas impresionaba era el ritual que se llevaba a cabo semana tras semana. Durante siete días se revivían los eventos que mas impacto positivo y negativo han tenido en la historia de la humanidad. La administración del parque contaba con un programa de reclutamiento en el cual entrenaban a un grupo de personas voluntarias para que personificaran el papel del Cristo.

Estos estudiantes eran educados en las diferentes situaciones que experimentó el famoso personaje durante esa fatal y última semana de su existencia. Se les enseñaba el arte de la actuación y se les adiestraba con los diálogos y personificación en tiempo real.

La preparación incluía cursos intensivos sobre el manejo psicológico de situaciones bajo presión, historia, manejo de voz, oratoria y auto-control sobre el dolor físico.

Los aspirantes a representar el papel principal tenían que estar por completo preparados para afrontar abusos verbales y físicos, incluyendo el aspecto flagelador, escupitajos en la cara y la brutal perforación real de las manos y los pies. Era un acto voluntario de forma total.

Cada participante tenia que firmar estudiados documentos legales que autorizaban estos actos y que exceptuaban al parque y su administración de cualquier querella en las cortes de los Estados Unidos o cualquier otro país. Los que participaban en la actuación lo hacían conscientes de ser esto un extremo acto de sometimiento físico.

El primer evento de esta naturaleza que se llevaba a cabo en ZION como consecuencia de su inauguración contaba con un matiz muy especial. La primera persona que dramatizaría el papel principal sería el mismísimo David Menachem III, uno de los hombres que mas rápido había acumulado riquezas en Norteamérica.

¿Como había adquirido el capital para construir obra arquitectónica semejante? ¿Que escondía su pasado?

***

David Menachem III había nacido un congelado día siete de enero en la ciudad de Nueva York, en Brooklyn. Por aquellas coincidencias de la vida su nacimiento ocurrió a las 7 de la noche, la balanza registró 7 libras y 7 onzas, y a su madre le tocó el cuarto 707 en uno de los hospitales Judíos de Brooklyn.

A los ocho días le fue circuncidada la carne de su prepucio como era la costumbre milenaria entre los de su raza. Su abuelo David Menachem I, un judío alemán, había llegado a Norteamérica con el primer grupo de refugiados Judíos que escaparon de los campos de concentración nazi un poco antes de la rendición de Alemania en la segunda guerra mundial.

El primero de los Menachem se casó con una mujer afro americana, no solo porque ella era bella y laboriosa, pero quizás, sin reconocerlo de forma consciente, por agradecimiento a un soldado norteamericano negro que fue muerto de un disparo en la cabeza por un francotirador nazi cuando el primero trataba de liberarlo. El francotirador alemán fue capturado vivo y enjuiciado después de la rendición incondicional por crímenes contra la humanidad. En Brooklyn el matrimonio atrajo muchas presiones sociales sobre su persona, su esposa y sus mezclados hijos.

El ex-prisionero de guerra, quien aseguraba trazar sus ancestros en la tribu de Judá, registró también a su primer hijo Neoyorquino con el nombre del valiente y diminuto ex-pastor de ovejas y luego rey de Israel que mató al gigante con una honda.

David Menachem-Segundo creció y estudió en Brooklyn. Después de graduarse en administración de empresas y casarse con Eva Jackson, se había desempeñado durante casi toda su vida, sin éxito, en la búsqueda del éxito. Pasó años escudriñando cuanto libro tuvo a su alcance sobre el tema. Leyó libros de muchas figuras luminarias de la auto-ayuda y superación e intentó realizar sus sueños trabajando como vendedor y gerente de ventas en varias compañías.

Asistió a diferentes seminarios y eventos de capacitación intelectual y de negocios. Escuchó cuanta cinta audio fónica y programa anunciaban en la radio y televisión, los cuales prometían esquemas de hacerse rico rápidamente, pero nunca alcanzó aquello que tanto deseaba su alma. Porque en el momento de su muerte como resultado de un ataque cardíaco, el señor David Menachem-Segundo dejó a su familia metida en grandes deudas que contrajo con compromisos que nunca cumplió.

El heredero de sus deudas, David Menachem III solo tuvo una hermana. Su nombre era Esther Menachem, artista, deportista, cantante, doctora, vendedora y chef internacional. A la edad de once años David Menachem III recibió una agradable sorpresa: un viaje a Sur América acompañando a su madre, Eva, lo cual cambiaría su vida para siempre. La madre de David III, que al igual que su abuela materna era Afro-americana, viajaba una que otra vez a países subdesarrollados Latinoamericanos llevando sus conocimientos y ayuda. Los Menachem eran personas de mente abierta y habían aprendido a convivir en un hogar con diferencia de creencias.

Para el viaje al cono sur del continente, la señora Eva Menachem-Jackson se llevó en esa ocasión al pequeño David III para que la acompañase a Argentina junto con su grupo de trabajo, dirigido por uno de los líderes de Brooklyn. Salieron del aeropuerto John F. Kennedy, en Queens, como a las siete de la mañana en un vuelo que haría escala en la ciudad de Panamá; volarían después a Río de Janeiro, Brasil, y finalizarían el recorrido en Buenos Aires. En Río de Janeiro les tocaba hacer transborde de aviones al día siguiente, por lo tanto tendrían que pasar la noche allí. La compañía de aviación tenía reservado un hotel en Brasil para los pasajeros de ese vuelo, lo cual era parte del itinerario.

Después de pasar por Panamá, el país del canal inter-oceánico, el avión aterrizó por la tarde en Brasil.

Cuando llegó la noche en Río de Janeiro, Eva Menachem-Jackson se dirigió desde el hotel con su pequeño hijo a explorar las calles de la carnavalesca ciudad. Era temprano. Sus planes eran sencillos: ir a comer algo liviano, luego coger un taxi y dirigirse a la playa. Siempre quiso conocer las playas de Río, aunque fuera de noche.

En sus viajes a los países del Sur había visitado a Venezuela, Chile, Uruguay, Paraguay, Perú, Ecuador y Bolivia. Nunca antes había estado en Brasil ni en los restantes países sudamericanos.

Antes de casarse, cuando aun era estudiante en la Universidad de las Antillas, había hecho viajes laborales a África y al norte de Asia. La madre de ella era Antillana y su padre de Harlem, Nueva York.

Aunque era una mujer joven, Eva Jackson, su nombre de soltera, era una mujer muy activa y poseedora de una base de conocimientos general por encima del promedio para las mujeres de su edad.

Era una mujer hermosa, de piel canela y rasgos finos, como una modelo etíope. Sus ondulados cabellos negros le llegaban hasta la espalda y sus piernas eran largas y esbeltas. Le gustaba la lectura, observar y pensar.

Había conocido a David Menachem-Segundo en el Museo de Arte Moderno de la calle 56 en Manhattan, donde ambos presenciaban una exposición de pintura abstracta de unos artistas Afro-cubanos. Ambos tenían interés en todo lo abstracto, y también interés en todo lo afro. Ella tenía la piel canela. El también. Ambos eran jóvenes y en ese tiempo estudiantes. Los dos tenían sed de conocimientos. Además tenían otras cosas en común que mas adelante llegaron a descubrir.

Ese evento en el museo fue el día que el destino escogió para unir sus miradas por primera vez: David Menachem-Segundo y Eva Jackson quedaron impactados el uno del otro. Para los futuros padres del creador de ZION, esa fue la más cercana definición de ‘amor a primera vista’. Pero eso ocurrió muchos años atrás en el pasado.

***

Años después en el futuro en Río de Janeiro, al ocultarse el sol de aquel día y llegar Eva Menachem-Jackson a la playa, el lugar estaba desierto, solo quedaban algunos amigos de la noche que deambulaban por las cálidas arenas. El día había estado caluroso. La playa, saturada de bañadores hasta la tarde, de turistas y como siempre visitada también por habitantes locales. Mientras contemplaba el Océano Atlántico desde aquel pabellón de piedras amarillentas, no se percató que ojos vigilantes la acechaban.

David Menachem III disfrutaba como niño, corriendo y jugando con las olas del mar sin dejarse atrapar por el agua. Algunas gaviotas perniciosas aun revoloteaban en busca de alimentos.

Eva inspiró profundamente una última bocanada de aire marino y sintió su aroma, su sal y su almizcle. Pensó en ir de regreso al hotel. Por alguna razón difícil de explicar, algo le incomodaba. Algo que no estaba bien; era como un sexto sentido, un presentimiento.

***

Años atrás, anteriores a esos eventos, mucho antes que David III naciera, en el Museo de Arte Moderno de la calle 56 en Manhattan, sus futuros padres David Menachem-Segundo y Eva Jackson, que apenas estaban en el proceso de conocerse mutuamente, tenían una amiga en común: la señora Paula Anderson del Instituto Internacional de Desarrollo Comunitario, la cual se ocupaba en el estudio e investigación de las diferentes culturas que cohabitaban en el área metropolitana de la ciudad de Nueva York. Era una mujer anglosajona de baja estatura, cabello rubio, ojos azules, un poco regordeta, pero poseedora de una personalidad magnética y definida. De amplia cultura y conocimientos, Paula Anderson se había graduado con doctorado en sociología y una maestría en psicología.

David Menachem-Segundo y Eva Jackson habían sido invitados por la señora Anderson a participar en un intercambio cultural que se estaba llevando a cabo en el Museo, donde los artistas estelares eran miembros de la comunidad caribeña. Ellos habían sido invitados individualmente por el Instituto, quienes eran los organizadores del proyecto, para que representasen a sus respectivas comunidades.

Paula Anderson había conocido a Eva Jackson en la Universidad de las Antillas cuando fue a dar un estudio acerca de la evolución socio-política-económica del hombre caribeño. A el lo había conocido en Miami, en una charla informal de profesionales sobre música Reggae en un restaurante Italiano del sector bohemio en Coconut Groove.

Eva Jackson se acercaba al trío mirando fijamente a David Menachem-Segundo, quien no la perdía de vista. En el momento crucial cuando las miradas se cruzaron por primera vez, Paula Anderson explicaba a David Menachem-Segundo y a su amigo Charles Rosemberg, otro miembro de la comunidad Judía metropolitana, acerca de una de las obras del autor cubano Federico Sardui.

***

Años después, de nuevo en Río de Janeiro, una ola un poco mas grande que las anteriores no le dio tiempo a David Menachem III de salir corriendo a tiempo, y aunque ya la había divisado con anticipación le fallaron los cálculos y alcanzó a mojar sus zapatos un poco mas arriba de los tobillos. Su madre le llamó disgustada y se dispusieron a regresar al hotel, donde estaban los otros miembros del grupo. Caminaron por la playa y luego se dirigieron a la avenida principal. Parecía que alguien les seguía. Eran dos, un hombre y una mujer.

Eva percibió un movimiento sospechoso y aceleró el paso. La pareja también. Algo andaba mal. Trató de detener un taxi que pasaba:

“¡Taxi!” gritó.

El vehículo iba ocupado y no se detuvo. Miró hacia atrás y no vio a nadie. La pareja que le seguía había desaparecido. Respiró aliviada poniéndose la mano en el pecho. Pensó que tal vez había sido un mal entendido. David Menachem III caminaba muy rápido, mas de lo normal agarrado de la mano de su madre.

“¿Que pasa mama?” Preguntó con inocencia interrumpiendo a su madre que asustada recitaba mentalmente una oración de protección.

“Nada mi amor. Solo que tenemos que llegar ya mismo al hotel. No me di cuenta que es muy tarde ya. Debemos apresurarnos,” dijo ella.

Después de caminar un rato en dirección al hotel mientras hacían intentos infructuosos de detener otro vehículo de servicio público, la pareja sospechosa les salió de un callejón oscuro esgrimiendo cuchillo y pistola. Eva Menachem-Jackson se puso histérica, gritando a la capacidad de sus pulmones clamaba por ayuda. El hombre la agarró para taparle la boca mientras la otra mujer en la escena desprendía al niño de la mano de su madre.

Eva, al sentir que le arrebataban a su pequeño, como fiera salvaje hundió sus dientes en la mano del agresor encendiendo la ira de este quien respondió dándole un puñetazo en la cara. Fue un impacto duro y seco. Eva colapsó en el suelo, inconsciente. El hombre le quitó la cartera, agarró al niño de once años y se alejaron, dejando a Eva Menachem-Jackson tendida en la calle.

***

Años atrás, en Nueva York, Charles Rosemberg conversaba desanimadamente con Paula Anderson. Eva Jackson se acercó al grupo y saludó con un beso en ambas mejillas a la socióloga.

“Hola Eva, te presento a mis amigos Charles Rosemberg y David Menachem Segundo. Ellos han venido en representación de sus respectivas comunidades,” dijo Anderson, haciendo la introducción en medio del ruido de platicas de los diferentes grupos que allí socializaban.

“Charles, David, esta es Eva Jackson, mi amiga de muchos años,” dijo Anderson dirigiéndose a los varones.

“Mucho gusto señorita Jackson,” dijo Charles Rosemberg haciendo una venia de cortesía.

“No, por favor llámame Eva. El gusto es mío Charles,” respondió ella con amabilidad con dibujando una amplia sonrisa en su rostro y estrechando la mano.

“Es un placer conocerle, Eva,” aseguró Menachem-Segundo cuando le tocó su turno.

“Muchas gracias, David. Me halaga con sus palabras. ¿Eres de Trinidad?,” preguntó Eva Jackson intrigada.

“No, soy Judío, ¿porque lo preguntas?,” respondió Menachem-Segundo aparentando estar confundido.

“¿Judío? No pareces Judío,” comentó ella sonriendo.

“Eso dice todo el mundo. ¿Que parezco entonces?,” cuestionó Menachem-Segundo imitando la sonrisa.

“Como isleño. Trinitario, o de las Islas Vírgenes, o hasta Hindú. Pero nunca he visto a un Hindú con los ojos verdes,” expresó la mujer, conocedora de la cultura cosmopolita de la capital del mundo.

“Bueno, mi padre era Judío y mi madre afro americana, de Harlem. De ella heredé lo verde de los ojos. ¿Te gusta Federico Sardui?,” trató de cambiar el tema el.

“¿Quien es Federico Sardui?,” preguntó ella.

“Es un artista afro-cubano que transmite en sus obras lo que vive la gente negra en Cuba,” intervino Paula Anderson. “El siempre quiso exponer aquí en Nueva York. Ese era el sueño de su vida. Federico nos ha invitado para la recepción que se llevara a cabo en el hotel Waldorf Astoria esta noche a las 9. ¿Desean ir? Ahí le podrán conocer personalmente,” ofreció Anderson, sorprendiéndoles con la invitación; además quería impresionarlos con sus habilidades de relaciones publicas.

“¿Que planes tienes para esta noche, Eva?”, preguntó Menachem-Segundo dirigiéndose a ella antes de contestarle a Paula Anderson.

“La verdad es que tengo que revisar algunos videos documentales sobre un estudio que estoy realizando, los cuales debo presentar sin mas tardar el lunes de la semana entrante,” respondió Eva tratando de eludir compromisos.

“No te excuses en los libros. Saca tiempo para divertirte,” regañó Anderson, conocedora de la estricta vida disciplinada de su amiga.

“Es bastante material de estudio. Me encantaría conocer a alguien como Federico Sardui, sobre todo por lo que se aprendería hablando con alguien como el, pero no voy a poder asistir, lo siento mucho,” se disculpó Eva tratando de cerrar el tema.

“Hace mucho tiempo que no pasamos un rato juntas, querida. Además quiero que conozcas a mis amigos,” insistió Anderson, colocando los brazos sobre los hombros de los dos varones. Eva no le quitaba la vista a Menachem-Segundo, el tampoco a ella.

“Ahora, si desean pueden acompañarme a mi apartamento para que veamos juntos estas cintas y me colaboran con sus comentarios. Tengo preparado un asado de pollo,” dijo Eva Jackson, tratando de no mostrarse antipática, ya que sospechaba de la fama que tenía en los círculos sociales de ser una mujer solitaria y reservada.

“Suena como una buena idea para mi,” señaló Menachem-Segundo, aprovechando la oportunidad que le presentaba la vida para conocerla un poco mas.

“Yo ya estoy comprometida con la recepción a las nueve. Van a ir unas personalidades de la ciudad con las cuales tengo que entrevistarme,” explicó Paula Anderson.

“¿Y tu, Charles?,” preguntó Eva Jackson cruzando los dedos.

“¿Yo? Bueno creo que voy a ir a la recepción con Paula. Suena mas divertido,” respondió Charles Rosemberg al notar el

interés de los dos por estar solos y explorarse.

“Miren,” interrumpió Paula Anderson, “ahí está el señor Chuck Bowman, de Amnistía Internacional, quiero presentárselos. El está realizando un trabajo muy importante en Irán y Kenya. Esperen un momento por favor, voy a llamarle.”Paula Anderson se alejó del grupo y se fue abriendo paso entre los presentes en el Museo.

***

Años después, en Brasil, los secuestradores del niño David Menachem III tenían un destartalado automóvil no tan lejos del lugar donde yacía sangrando por la boca Eva Menachem-Jackson. El niño miró hacia atrás y guardó en su mente esa ultima imagen de su madre que le acompañaría por el resto de su vida. Lo obligaron a subirse al vehículo y se perdieron en la penumbra de la noche.

“Donde me llevan.” Preguntó David Menachem III en Inglés.

“¡Cállate!” Le respondió toscamente en portugués el varón de los asaltantes.

“¿Donde me llevan?” Volvió a preguntar David Menachem III, esta vez en español, sin amedrentarse. Su madre, quien había aprendido la lengua de Quijote en sus viajes a Latino-américa le había enseñado a hablar y a escribir en ese idioma. El niño lo manejaba con fluidez. En respuesta recibió una bofetada.

Manejaron hasta una barriada carioca peligrosa, donde la misma policía local no se atrevía a entrar; lo hacían solo en escuadrones armados hasta los dientes y nunca solos, ya fuese de noche o de día. Los malhechores llegaron a una casucha de madera con techo de láminas de zinc. Dejaron el carro parqueado en la esquina y caminaron varios metros. La casa tenía, en lugar de cerradura, una cadena abrazada con un candado. La cadena estaba oxidada, pero el candado era nuevo y grande. El olor era nauseabundo. Entraron y había una docena de otros niños prisioneros.

Esa misma noche movilizaron a todos los menores, incluyendo a David Menachem III, en un furgón que llegó con las luces apagadas y tres siniestros personajes a bordo.

El furgón transitó por varias callejuelas de la ciudad y luego salió a las afueras por una de las vías principales. El viaje en ese vehículo fue de varios días. En los retenes de transito los malhechores clamaban ser los maestros de un grupo en viaje escolar. Los niños cautivos iban agotados físicamente. Al final del trayecto en carretera llegaron al Río Amazonas donde los esperaba una pesada embarcación fluvial que los transportaría por la selva hasta llegar cerca de la frontera con Colombia.

©2009  Mark Anthony Cortes

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