Capitulo 9

 Con Un Beso

“Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas en perpetua eternidad”


David Menachem III recibió por la tarde a un mensajero presuroso reconocido por todos los actores que hacían parte del elenco de los doce discípulos.

Era un hombre alto y calvo. Utilizaba gruesos anteojos de aumento los cuales engrandecían las órbitas de sus ojos. Anteojos eran otra de las pocas excepciones del mundo moderno que se aceptaban como de uso normal en el parque temático ZION. El hombre vestía un manto púrpura de lino fino y sandalias de correas anchas de cuero café.

Al verle abrirse paso entre la gente, el círculo íntimo de los doce le permitió entrar. Habló de forma secreta a los oídos de David Menachem III y luego se fue. Salió tan presuroso como había llegado. Menachem III quedó pensativo, muy preocupado.

“¿Que sucede, Maestro?,” le preguntó el que hacia la veces de Pedro. Su verdadero nombre era John Silver. “Pedro” era un hombre rubio, grande y también utilizaba anteojos. John Silver era bien versado en las Escrituras y tenia perfecto conocimiento de su papel. Era un elemento casi indispensable en la escena. Además era amigo personal de David Menachem III. Se habían conocido en otra época en Philadelphia, cuando la condición económica del magnate judío aun no estaba definida. Silver había aportado a Menachem ademas de tiempo y dinero, ayuda emocional y hasta espiritual en ese capítulo oscuro y confuso de su juventud. Gracias a la cooperación desinteresada de Silver, y su hermano Will, quienes se dedicaban a motivar individuos de bajos recursos y a la edificación de oficinas con ese fin en diferentes ciudades de Norteamérica, Menachem había encontrado en ellos un importante apoyo.

“Nada grave,” respondió David Menachem III.

“¿Entonces porque esa cara de preocupación?,” inquirió Silver.

“Porque no se si esto sea una buena o una mala noticia,” reconoció Menachem.

“¿Cual es la noticia, si se puede saber?,” preguntó John Silver. David III se le acercó y le susurró al oído lo que nadie más podía escuchar:

“El presidente de los Estados Unidos quiere hablar conmigo.”

“¿El presidente? ¡Esa es una buena noticia!,” se asombró el que hacia el papel de ‘Pedro’

“Shhhhh!” Regañó con el índice derecho David Menachem III tocando verticalmente los labios, pero confirmando la noticia asintió con un gesto. John Silver trató de comprender lo que significaría si Menachem tuviera que ausentarse. Consecuencias graves repercutirían en desarrollo normal de las actividades planificadas para ese resto de semana. No había otro ‘Jesús’ de reemplazo. Menachem III continuaba pensativo, luego tomó una decisión rápida pero definitiva.

“¿Que piensas hacer, David?,” le preguntó Silver notando que ya había determinado una acción.

“Tendremos que continuar con el desarrollo de la obra. Esta es la inauguración y no podemos parar,” dijo Menachem.

“¿Y si es algo importante? ¡Tiene que ser algo importante!,” trataba de analizar John Silver.

“No hay nada mas importante para mi que lo que estoy haciendo en estos momentos. Además yo creo saber de que se trata,” respondió David III con convicción.

“¿Entonces porque dijiste que no sabias si eran buenas o malas noticias?,” preguntó el amigo.

“Ya lo sabrás, John, ya lo sabrás,” repitió. Se levantó luego de las gradas donde estaba sentado y acompañado de John Silver se dirigió hacia la fortaleza Antonia. Sus otros ‘discípulos’ le esperaron.

No estaban lejos. Venían del templo de Salomón ubicado a poca distancia.

Desde afuera las torres de la fortaleza Antonia se veían imponentes y majestuosas. Al pasar Menachem por la puerta principal franqueada por soldados romanos, ‘Pedro’, o sea, John Silver, no se quedó afuera. Se dirigieron a la torre de la derecha. Era su unidad de comando central.

“Tiene otros mensajes, señor Menachem,” dijo con marcado respeto uno de los funcionarios de la fortaleza.

“Gracias,” respondió Menachem con amabilidad. “Todas las llamadas importantes me las pasan directamente a la oficina. Voy a estar aquí unos treinta minutos. ¿Todavía esta aquí mi secretaria?,” preguntó el magnate.

“Si señor,” dijo el funcionario.

“Que pase a mi oficina, por favor,” ordenó Menachem.

David Menachem III subió en el ascensor hasta su oficina. Revisó sus mensajes y se sentó detrás de un gran escritorio. Luego hizo una llamada desde el teléfono rojo al presidente y acordaron una entrevista.

***

Después de darle indicaciones a su secretaria e impartir algunas órdenes a sus funcionarios David Menachem III regresó al templo de Salomón con John Silver. Caminaron hasta la parte posterior amurallada que los judíos llamaban el Atrio de los Gentiles y se volvió a meter en la caracterización de su famoso papel. Era un miércoles. Era de nuevo ‘Jesús’, el personaje milenario.

***

Es de conocimiento general que el verdadero Jesucristo mientras estuvo en este mundo tuvo doce discípulos. El no había privado de su ministerio a aquel que sabía era el traidor. Los discípulos no comprendieron sus palabras cuando dijo, mientras les lavaba los pies: “No están todos limpios”, ni tampoco cuando declaró en la mesa: “El que come el pan conmigo, levantó contra mi su calcañar.” Pero mas tarde, cuando su significado quedó aclarado, vieron allí pruebas de la paciencia y misericordia de Dios hacia el que más gravemente pecara.

Aunque Jesús conocía a Judas desde el principio, le lavó los pies. Y el traidor tuvo ocasión de unirse con Cristo en la participación del sacramento. Un salvador que con longanimidad ofreció al pecador todo incentivo para recibirle, para arrepentirse y ser limpiado de la contaminación del pecado. Porque sus discípulos estaban sujetos a yerros y defectos, Cristo lavó sus pies, y todos menos uno de los doce fueron traídos al arrepentimiento. “No todos están limpios,” dijo.

***

El siguiente día, Jueves por la noche después de retirarse a descansar, David Menachem III se encontraba dando vueltas en su cama. Tenia los ojos cerrados, parecía dormir. Pero algo le agobiaba. Sus pensamientos divagaban en el último día que vivió Jesucristo en libertad como hombre, antes de ser capturado, juzgado, sentenciado y crucificado. Quizás esto era un preámbulo de su propia crucifixión al día siguiente. Ya había anunciado en su discurso de bienvenida que el viernes era el día mas importante. Era el día de crucifixión. En su mente revivía las escenas que había leído en los libros de autoridad acerca de ese evento. El cuerpo trataba de descansar, pero su mente le inquietaba con unas imágenes vivas:

Creía ver a Jesús en compañía de sus discípulos, caminando lentamente hacia el huerto de Getsemaní. La luna de Pascua, ancha y llena, resplandecía desde un cielo sin nubes. La ciudad de cabañas para los peregrinos estaba sumida en el silencio.

Jesús había estado conversando fervientemente con sus discípulos e instruyéndolos; pero al acercarse a Getsemaní se fue sumiendo en un extraño silencio. Con frecuencia había visitado este lugar para meditar y orar; pero nunca con un corazón tan lleno de tristeza como esta noche de su última agonía. Ahora se contaba con los transgresores. Debía llevar la culpabilidad de la humanidad caída. Sobre el que no conoció pecado, debía ponerse la iniquidad de todos nosotros. Tan terrible le parece el pecado, tan grande el peso de la culpabilidad que debe llevar, que está tentado a temer que quedará privado para siempre del amor de su Padre. Sintiendo cuan terrible es la ira de Dios contra la transgresión humana, exclama: “Mi alma está muy triste hasta la muerte.”

Al acercarse al huerto, los discípulos notaron el cambio en el ánimo del Maestro. Nunca antes le habían visto tan completamente triste y callado. Mientras avanzaba, esta extraña tristeza se iba ahondando; pero no se atrevían a interrogarle acerca de la causa. Su cuerpo se tambaleaba como si estuviese por caer. Al llegar al huerto, los discípulos buscaron el lugar donde solía retraerse, para que su Maestro pudiese descansar. Cada paso le costaba un penoso esfuerzo. Dejaba oír gemidos como si le agobiase una terrible carga. Dos veces le sostuvieron sus compañeros, pues sin ellos habría caído al suelo.

Cerca de la entrada del huerto, Jesús dejó a todos sus discípulos, menos tres, rogándoles que orasen por si mismos y por el. Acompañado de Pedro, Santiago y Juan, entró en los lugares más retirados. Estos tres discípulos eran los compañeros más íntimos de Cristo. Habían contemplado su gloria en el monte de la transfiguración; habían visto a Moisés y Elías conversar con el; habían oído la voz del cielo; y ahora en su grande lucha Cristo deseaba su presencia inmediata. Con frecuencia habían pasado la noche con el en este retiro. En esas ocasiones, después de unos momentos de vigilia y oración, se dormían apaciblemente a corta distancia de su Maestro, hasta que los despertaba por la mañana para salir de nuevo a trabajar. Pero ahora deseaba que ellos pasasen la noche con el en oración. Sin embargo, no podía sufrir que aun ellos presenciasen la agonía que iba a soportar.

“Quédense aquí -dijo,- y velen conmigo.”

Se fue a corta distancia de ellos, no tan lejos que no pudiesen verle y oírle, y cayó postrado en el suelo. Sentía que el pecado de la gente le estaba separando de su Padre. La sima era tan ancha, negra y profunda que su espíritu se estremecía ante ella. No debía ejercer su poder divino para escapar de esa agonía. Como hombre debía sufrir las consecuencias del pecado del hombre. Como hombre debía soportar la ira de Dios contra la transgresión. En su agonía, se aferra al suelo frío, como para evitar ser alejado más de Dios. El frío de la noche cae sobre su cuerpo postrado, pero el no le presta atención. De sus labios pálidos brota el amargo clamor: “Padre mío, si es posible, pase de mi este vaso.” Pero entonces añade: “Pero no como yo quiero, sino como tu.”

Levantándose con penoso esfuerzo, fue tambaleándose adonde había dejado a sus compañeros. Pero los halló durmiendo.

Los discípulos se despertaron al oír la voz de Jesús, pero casi no le reconocieron, tan cambiado por la angustia había quedado su rostro. Dirigiéndose a Pedro, Jesús dijo: “¡Simón! ¿Duermes tú? ¿No has podido velar una sola hora? Velad y orad para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está pronto, mas la carne es débil.”

El hijo de Dios volvió a quedar presa de agonía sobrehumana, y tambaleándose volvió agotado al lugar de su primera lucha. Su sufrimiento era aun mayor que antes. Al apoderarse de el la agonía del alma, fue su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra. Los cipreses y las palmeras eran los testigos silenciosos de su angustia. De su follaje caía un pesado rocío sobre su cuerpo postrado, como si la naturaleza llorase sobre su Autor que luchaba a solas con las potestades de las tinieblas. Había llegado el momento pavoroso, el momento que había de decidir el destino del mundo. La suerte de la humanidad pendía de un hilo.

Las palabras caen temblorosas de los labios de Jesús: “Padre mío, si no puede este vaso pasar de mi sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.” Habiendo hecho la decisión, cayó moribundo al suelo del que se había levantado parcialmente. Ninguna vía de escape había para el Hijo de Dios. En esta terrible crisis, cuando todo estaba en juego, cuando la copa misteriosa temblaba en la mano del Doliente, los cielos se abrieron, una luz resplandeció de en medio de la tempestuosa oscuridad de esa hora crítica, y el poderoso ángel que está en la presencia de Dios ocupando el lugar del cual cayó Satanás, vino al lado de Cristo. No vino para quitar de su mano la copa, sino para fortalecerle a fin de que pudiese beberla, asegurado del amor de su Padre. Vino para dar poder al suplicante divino-humano. Le mostró los cielos abiertos y le habló de las almas que se salvarían como resultado de sus sufrimientos. Le aseguró que su Padre es superior y más poderoso que Satanás, que su muerte ocasionaría la derrota completa de este, y que su reinado en el mundo sería dado a los santos del Altísimo. Le dijo que vería el trabajo de su alma y quedaría satisfecho, porque vería una multitud de seres humanos salvados, eternamente salvos.

La agonía de Cristo no cesó, pero le abandonaron su depresión y desaliento. La tormenta no se había apaciguado, pero el que era su objeto fue fortalecido para soportar su furia. Salió de la prueba sereno y henchido de calma. Una paz celestial se leía en su rostro manchado de sangre. Había soportado lo que ningún ser humano hubiera podido soportar; porque había gustado los sufrimientos de la muerte por todos los hombres.

Los discípulos dormidos habían sido despertados repentinamente por la luz que rodeaba al Salvador. Vieron al ángel que se inclinaba sobre su Maestro postrado. Le vieron alzar la cabeza del Salvador contra su pecho y señalarle el cielo. Oyeron su voz, como la música más dulce, que pronunciaba palabras de consuelo y esperanza. Los discípulos recordaron la escena transcurrida en el monte de la transfiguración. Recordaron la gloria que en el templo había circuido a Jesús y la voz de Dios que hablara desde la nube. Ahora esa misma gloria se volvía a revelar, y no sintieron ya temor por su Maestro. Estaba bajo el cuidado de Dios, y un ángel poderoso había sido enviado para protegerle. Nuevamente los discípulos cedieron, en su cansancio, al extraño estupor que los dominaba. Nuevamente Jesús los encontró durmiendo.

Mirándolos con ternura, dijo: “Duerman ya, y descansen: ha llegado la hora, y el Hijo del hombre es entregado en manos de pecadores.”

Aun mientras decía estas palabras, oía los pasos de la turba que le buscaba, y añadió: “Levantasen, vamos: he aquí ha llegado el que me ha entregado.”

No se veían en Jesús huellas de su reciente agonía cuando se dirigió al encuentro de su traidor. Adelantándose a sus discípulos, dijo: “¿A quien buscan?” Contestaron: “A Jesús Nazareno.” Jesús respondió: “Yo soy.” Mientras estas palabras eran pronunciadas, el ángel que acababa de servir a Jesús, se puso entre el y la turba. Una luz divina ilumino el rostro del Salvador, y le hizo sombra una figura como de paloma. En presencia de esta gloria divina, la turba homicida no pudo resistir un momento. Retrocedió tambaleándose. Sacerdotes, ancianos, soldados, y aun Judas, cayeron como muertos al suelo.

El ángel se retiró y la luz se desvaneció. Jesús tuvo oportunidad de escapar, pero permaneció sereno y dueño de sí. Permaneció en pie como un ser glorificado, en medio de esta banda endurecida, ahora postrada e inerme a sus pies. Los discípulos miraban, mudos de asombro y pavor. Pero la escena cambio rápidamente. La turba se levantó.

Los soldados romanos, los sacerdotes y Judas se reunieron en derredor de Cristo. Parecían avergonzados de su debilidad, y temerosos de que se les escapase todavía. Volvió el Redentor a preguntar: “¿A quien buscan?” Habían tenido pruebas de que el que estaba delante de ellos era el Hijo de Dios, pero no querían convencerse. A la pregunta: “¿A quien buscan?” volvieron a contestar: “A Jesús Nazareno.” El Salvador les dijo entonces: “Ya he dicho que yo soy: pues si es a mi a quien buscan, dejen ir a estos,” señalando a los discípulos. Sabía cuan débil era la fe de ellos, y los trataba de escudar de la tentación y la prueba. Estaba listo a sacrificarse por ellos.

El traidor Judas no se olvidó de la parte que debía desempeñar. Cuando entró la turba en el huerto, iba delante, seguido de cerca por el sumo sacerdote. Había dado una señal a los perseguidores de Jesús diciendo: “Al que yo bese, ese es: deben arrestarlo.” Ahora, fingiendo no tener parte con ellos, se acercó a Jesús, le tomó de la mano como un amigo familiar, y diciendo: “Salve, Maestro,” le besó repetidas veces, simulando llorar de simpatía por el en su peligro.

Jesús le dijo: “¿Amigo, a que vienes?” Su voz temblaba de pesar al añadir: “¿Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre?” Jesús no rechazó el beso del traidor.

La turba se envalentonó al ver a Judas tocar la persona de Aquel que había estado glorificado ante sus ojos tan poco tiempo antes. Aquellos hombres se apoderaron entonces de Jesús y procedieron a atar aquellas manos que siempre se habían dedicado a hacer bien.

David Menachem III despertó sobresaltado y sudoroso aquella madrugada del viernes de su propia crucifixión. Todo había sido un sueño. Otra pesadilla.

©2009 Mark Anthony Cortes


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