Capitulo 6
Esta Bien, Vamos a Hacerlo
El Valle del Cauca era una región fértil y próspera. Las plantaciones con cultivos de caña de azúcar bajo el control de poderosos gremios industriales, algunos de los cuales financiados con dineros provenientes de narcotraficantes, se extendían en el horizonte hasta donde alcanzaba la vista formando una colcha verdolaga. En los lugares más altos, las plantas de caña se elevaban a varios metros. Y la abundancia del mayor producto agrícola de la región se procesaba de manera industrializada en los ingenios azucareros.
“¿Donde estamos?,” preguntó con voz susurrante Falcao Romeiro, quien había aprendido el Español durante los años de cautiverio.
“No se exactamente donde, pero en alguna parte de Colombia, estoy seguro,” respondió también en susurro David Menachem III. No habían podido dormir durante el trayecto, y, cuando estaban en el aire, cualquier ruido diferente al monótono sonido de los motores, los sobresaltaba. Ahora que el bimotor había aterrizado y estaba con las maquinas apagadas, prestaron atención con doblado interés a lo que escuchaban a través de las paredes de aluminio del aparato. Estaban conscientes del riesgo que corrían si daban indicaciones de su presencia y revelaban su posición allí.
“Se oye mucho ruido allá afuera, parece como si estuvieran haciendo una fiesta,” trató de interpretar Menachem III.
“¿Como vamos a salir de aquí?,” inquirió Falcao nuevamente.
“Quizás estén alegres porque llegó el avión,” siguió razonando Menachem. “Vamos salirnos de estas cajas y nos escondemos debajo de los asientos aquellos,” propuso el neoyorquino señalando hacia los únicos asientos de la aeronave ubicados al revés junto a la pared de la cabina de mando.
Casi inmediatamente después de haberse cambiado de escondite se abrieron las compuertas del avión y entraron a hacer su labor los responsables del descargue. Para fortuna de los dos polizones aéreos, pues ya no se encontraban allí, la primera pieza que tomaron fue la caja donde venían. Los trabajadores la destaparon para cerciorarse que era la maquina que estaban esperando, y al así comprobarlo fue la primera en bajar, ya que tenían la urgencia de cumplir la instrucción del comandante Wilson Escobar, quien ordenó su reparación y devolución en el próximo vuelo. Todos sabían el resultado de desobedecer una de sus órdenes.
Asomados por un pequeño espacio que quedaba en el lugar donde se habían escondido, los dos fugitivos de la guerrilla pudieron observar con temor la operación y no pudieron menos que suspirar de alivio al haberse cambiado de posición con tanto acierto. Eran conscientes de cual seria el resultado de su captura. Posiblemente los enviarían de regreso donde Escobar y este les daría un trato preferente personalizado para escarmentar a los otros prisioneros. Quizás Escobar los despedazaría con sus propias manos a la vista de todos, o los hacia devorar vivos por las pirañas. Cualquiera que fuese el método de tortura que Escobar escogiera, no iba a dejar de ser doloroso y definitivo.
Los minutos transcurrieron en angustia. Los que descargaban estaban emocionados y fueron bajando una por una las bolsas que contenían la droga. Al estar los kilos de escamas brillantes de cocaína aun sin su envoltura impermeable de exportación, el olor penetrante de éter, acetona y amoniaco, impregnaba el ambiente. Pero el olfato de los fugitivos estaba acostumbrado a esos productos químicos utilizados en el proceso manufacturero del narcótico. Sus cuerpos eran evidencia de ello. Los pies de ambos jóvenes presentaban una decoloración cancerígena de piel por el constante uso de las extremidades inferiores en ese proceso. Unas llagas rojizas que a veces sangraban con el menor contacto dejaban manifiesto el abuso sufrido por muchos años.
En aquel lugar del Valle del Cauca, en Colombia, los narcotraficantes pasarían el costoso producto por otras fases de manufactura. Uno de los pasos consistía en re-prensar las unidades para empequeñecer el volumen; también la utilización de cintas plásticas en la etapa de empaque; y el recubrimiento de cada bloque con especias naturales de olor fuerte, como ají picante. Esto último se practicaba como un elemento disuasivo, para camuflar el olor químico de la droga en un esfuerzo de esquivar el olfato detector de los perros policías en los diferentes mercados internacionales hacia donde era despachada. La mayor parte de ese cargamento especifico terminaría en las esquinas de los grandes getthos de Nueva York, Chicago, Los Ángeles, San Francisco y Philadelphia convertida en cocaína-crack, un proceso reversible efectuado por los distribuidores minoristas locales.
A diferencia de la cocaína en polvo que es consumida por la clase media-alta de las sociedades civilizadas de este planeta, usualmente por inhalación a través de las fosas nasales, la cocaína-crack es consumida mayormente en los barrios pobres. (Aunque también algunos adictos extremistas en todas las esferas de la sociedad en busca de un efecto mas instantáneo se la inyectan a la corriente sanguínea diluyéndola con agua destilada; otros utilizan el polvo o la base, “bazuco”, el residuo que queda en las ollas donde hacen la cocción, y la fuman mezclando picadura de cigarrillo o marihuana.)
Distribuidores callejeros en Estados Unidos, usualmente afroamericanos y centroamericanos que operan independientemente, o en pandillas que controlan los puntos de venta en los getthos, compran unidades de droga a distribuidores locales, quienes a su vez son un porcentaje alto de puertorriqueños, cubanos y dominicanos; estos a su vez compran al por mayor a los exportadores colombianos y a los importadores mexicanos. Aparte de las ganancias astronómicas, el enlace lógico entre los narcotraficantes latinoamericanos es el idioma, la cultura y la geografía.
En el esquema ilegal jerárquico del bajo mundo, la filiación de los Latinos productores y distribuidores con los consumidores Anglos y Afro-americanos, es puramente comercial. La fidelidad al grupo por individuos de cualquier raza, se traiciona por avaricia o por amenaza de largas sentencias negociadas con las autoridades, incluso hasta cuando existen vínculos familiares. Los oficiales encubiertos anti-narcóticos buscan siempre al distribuidor de más alto rango posible. La cadena investigadora comienza con el individuo que es capturado usando, en posesión o vendiendo. En una nación de informantes, unos delatan a otros hasta que se forma un cuadro delictivo complejo, muchas veces con alcance internacional. La construcción de nuevas prisiones aumenta sin precedentes.
Para agilizar el retorno de sus ingresos, los distribuidores minoristas revierten el proceso químico de la cocaína y la convierten en crack, un poderoso adictivo que se logra al hervir el polvo de coca en agua con soda cáustica de hornear, lo cual vuelve liquido el alcaloide. Luego, al cambiar la temperatura, usualmente al agregar hielo, la convierten nuevamente en estado sólido. Esas formaciones rocosas de cocaína se conocen con el nombre de piedras de crack. Pedazos del tamaño de un chicle se venden hasta por 25 dólares, pero puntos de ventas con clientela de mayor volumen dividen la misma cantidad y la distribuyen en porciones y precios menores, triplicando las ganancias.
A su vez, el adicto divide porciones que compra y las re-vende a sus compañeros de adicción; lo que queda lo utiliza en consumo personal. Las ganancias también. El adicto fuma el crack sin mezcla usando unos tubos de cristal del tamaño de un cigarrillo, llamados “pipas”. El efecto es una euforia instantánea al pasar por los pulmones el humo y enviarlo por el sistema sanguíneo al cerebro. Las substancias químicas activan en el cerebro los elementos neuróticos que producen un estado de júbilo, de exaltación, de engrandecimiento.
El individuo con el “casco activado”, expresión que usan en jerga callejera para referirse al estado alterado por la droga, se siente un superhombre o una supermujer por un instante, una sensación que no se experimenta con ninguna de las actividades normales realizadas por el hombre. Una trampa mortal sin salida. La persona que experimenta crack por primera vez, pasará el resto de su vida, hasta que su adicción le quite el aliento, buscando experimentar sin éxito el éxtasis inicial.
La euforia dura solo segundos, pero para volver a experimentarlo, los adictos salen a comprar inmediatamente dosis adicionales, y si no tienen dinero, piden, roban, atracan, matan, se prostituyen, hacen lo que sea para volver a experimentar esos segundos eufóricos que los lleva en una espiral auto-destructiva. Su prioridad inmediata en la vida es volver a fumar crack. En segundo plano queda la comida, el descanso, la higiene, la ropa, la familia, los valores morales, la espiritualidad, la opinión de otros.
Un adicto es el más fiel cliente que pueda tener cualquier industria. Por eso el negocio es tan productivo en el mundo. Drogas superiores en adicción inmediata y permanencia han capturado la imaginación de consumidores y traficantes, como las anfetaminas, heroína, éxtasis, LSD, etc.… pero ninguna tiene tan amplio mercado en los Estados Unidos, la nación líder en consumo en el mundo, como el crack. El consumo del crack, es responsable de la demanda insaciable por cocaína.
En el Valle del Cauca, Colombia, aviones sofisticados recogerían el cargamento y lo transportarían, para evitar los radares, volando sobre las copas de los árboles ilegalmente por las fronteras de varios países de centro América hasta llegar cerca de la frontera entre México y los Estados Unidos. Luego, el cargamento pasaría la frontera en cantidades menores por transporte terrestre, por túneles, submarinos y otros medios, hasta los grandes centros de distribución.
Al quedar vacío por completo, el bimotor anfibio despegó de nuevo por la pista clandestina y se elevó por los aires rumbo a Medellín, la ciudad de la Eterna Primavera, donde llegaría a un aeropuerto privado para aeronaves fumigadoras de herbicidas.
“¿Donde estamos?,” preguntó de nuevo Falcao al detenerse el avión anfibio por completo.
“No se. Espero que no nos hayamos regresado,” respondió David III.
“No lo creo, hace un poco de frío aquí,” dijo Falcao hablando en susurro y frotándose las manos para generar calor.
“No hablemos,” susurró David III sin darle importancia a la temperatura ambiental.
Dentro del hangar de puertas abiertas el piloto se bajó de la nave, y mas preocupado por el contenido en billetes que llevaba en su maletín, que en inspeccionar al avión después de haber considerado el viaje todo un éxito, se dirigió hacia el edificio contiguo, cerca del estacionamiento de autos, donde se subió a un Mercedes Benz que tenia parqueado y se fue. Los dos jóvenes se encontraban en estado de alerta total. Al sentirse solos dejaron pasar varios minutos en el más completo silencio. Luego salieron de su escondite interno. Se asomaron por la ventana del avión y al no percibir a nadie cercano, se bajaron abriendo la compuerta presurizada.
Afuera, corrieron hacia donde estaban almacenados muchos tanques plásticos azules de 55 galones, llenos de combustible, los cuales estaban en el lugar opuesto donde se había ido el piloto. Desde allí miraron hacia donde estaba estacionado el avión y pudieron observar otras aeronaves fumigadoras, similares en color y en logotipo.
Era por la tarde. Densos nubarrones se formaban al occidente. El aeropuerto tenía una cerca metálica con varias líneas de alambre de púas en su perímetro. Las únicas salidas estaban localizadas, una junto al edificio principal que servia de torre de control, y la otra estaba al lado norte de la pista de aterrizaje. Esta última permanecía cerrada y asegurada por ser una salida de servicio. La salida principal tenía guardia de seguridad permanente.
A unos veinte metros del hangar, junto a la cerca, había un recipiente hidráulico de desperdicios que era remplazado periódicamente por un camión de basuras. El ruido del camión al hacer contacto con el tanque de basuras reemplazable llamó la atención de los jóvenes. Desde donde se encontraban escondidos pudieron observar la operación que realizaba el conductor. La oportunidad se presentó cuando el chófer se bajó del camión y se dirigió hacia el baño.
En una decisión de segundos los dos muchachos corrieron hacia el camión, y cuando el conductor se perdió de vista se subieron por la parte de atrás. Al regresar, hombre se montó al vehículo, dio marcha adelante y se dirigió hacia la salida de servicio. Se bajó de nuevo para abrir la compuerta y después de hacerlo se subió detrás del volante y manejó unos metros hasta pasarla. Después de asegurar las compuertas, el conductor guió el camión por una carretera de muchas curvas y pendientes que se dirigía hacia el basurero municipal de la ciudad de Medellín.
***
Ubicada en el Valle de Aburrá, una altiplanicie rodeada de montañas empinadas pobladas hasta el extremo por sus habitantes, Medellín era una ciudad cosmopolita y vibrante, de gente trabajadora y entusiasta dedicada al cultivo y exportación de flores, y a las industrias textil, licoreras y automotriz, entre otras actividades. Pero también era reconocida a nivel mundial por ser la sede del Cartel de Medellín, la organización criminal más famosa del tráfico de cocaína de todos los tiempos.
Esas montañas era el único lugar hacia donde la ciudad podía crecer y extenderse. Una de las urbes más modernas de Sur América, con un sistema de red vial envidiable y centros comerciales comparados a los de Miami, Nueva York o Los Ángeles, Medellin contaba entre otras importantes obras de desarrollo urbano con un impecable tren metropolitano y un aeropuerto internacional de aspecto futurista. Muchas viviendas sociales en las áreas mas deprimidas fueron construidas en Medellin por el narcotraficante Pablo Escobar Gaviria, quien tenia tanto dinero, ademas de aspiraciones políticas, que propuso pagar el mismo la deuda externa de Colombia en efectivo.
Pero al igual que casi todas las ciudades de centro y sur América, se notaba un alto índice de pobreza. Junto al basurero municipal familias enteras habían construido casuchas de cartón y de otros desechos. Niños, adultos y ancianos habitaban entre el olor nauseabundo, la inmundicia y los buitres en lo que parecía una barriada completa de tugurios.
Al llegar el camión al lugar a descargar su contenido, muchos se abalanzaron para esculcar con palos y a mano limpia entre los nuevos escombros que allí eran depositados. De eso vivían. Recogían lo que era de metal, lo que era reciclable y lo que consideraban de valor y lo vendían luego a comerciantes locales que les pagaban miserias.
David Menachem III y Falcao se confundieron entre la gente y por primera vez en años se sintieron verdaderamente libres aunque fuera en el basurero municipal. Imitando lo que todos hacían se pusieron a escarbar en la basura, mas por curiosidad que por necesidad. Buscaron lo mismo que los otros buscaban sin saber porque ni para que. Al caer las sombras de la noche, al igual que los otros, llevaron lo que habían colectado hacia los comercios que compraban chatarra y reciclables. Hicieron fila y vendieron. Era la primera vez que tenían dinero propio.
“Tengo hambre,” se lamentó Falcao.
“Busquemos algún lugar donde podamos comprar algo de comer,” respondió Menachem III, quien había asumido el liderazgo.
No muy lejos de allí se divisaba la edificación más prominente del área. Eran las instalaciones de la Terminal de transporte terrestre. Hacia allá se dirigieron. Los autobuses polvorientos llegaban y salían repletos de pasajeros desde y hacia los diferentes municipios de la región. Saciaron su apetito con ansiedad en uno de los kioscos de comida dentro del Terminal. Un muchacho joven, de unos 18 años de edad, también se alimentaba en la mesa vecina a la de ellos. Intrigado por el acento diferente al hablar, el joven solitario les preguntó sin pararse de su mesa:
“¿Ustedes no son de aquí, verdad?”
“No,” respondió Falcao con la boca aun llena.
“¿De donde son?”
“Yo soy de Nueva York y el es de Brasil,” dijo David Menachem III antes de embocarse la ultima cucharada de arroz con frijoles de su ‘bandeja paisa’, el plato típico de la zona.
“¿De Nueva York? Yo voy para Nueva York. ¿Y que hacen por acá tan lejos?”, pregunto el joven.
“¿Es una larga historia, la quieres oír?,” respondió David III, interesado al escuchar que el mulato viajaba hacia Nueva York. El interés era mutuo y pasaron varias horas hablando.
“Yo soy de Buenaventura, en el departamento del Valle del Cauca, y me dirijo a Turbo, un pueblo a la orilla del mar aquí en Antioquia. Esa es la zona bananera del país. Allí vienen barcos desde diferentes partes del mundo a recoger bananos y plátanos. En uno de esos barcos yo me voy para Nueva York escondido.
Mi autobús sale a las siete de la mañana y tengo que esperar aquí en la Terminal por más de doce horas. ¿Que planes tienen ustedes, porque no van a la policía y les cuentan su historia?”
“No, no. La policía no. Ellos nos tuvieron encerrados por siete años,” argumentó Falcao.
“Pero esos no eran policías,” dijo el colombiano.
“Si eran,” afirmó Falcao. “Tenían uniformes y armas. No queremos ir a la policía. Por favor prométenos que no nos vas a delatar con ellos, ¿si?”
“Está bien. Ustedes hagan lo que les de la gana, pero si fuera yo en la misma situación de ustedes iría a la policía y pondría una denuncia,” aconsejó el de Buenaventura.
“No queremos,” decidió Falcao.
“¿Entonces que piensan hacer?,” preguntó el vallecaucano.
“¡Nos vamos contigo para Nueva York!,” exclamó Menachem.
“¿Cuanto dinero tienen?,” quiso saber el colombiano, percibiendo una oportunidad.
“Solo esto.” Los fugitivos mostraron unos pocos devaluados pesos que les quedaban después de la comida.
“Eso no les alcanza ni para un desayuno,” se rió el colombiano.
“Es todo lo que tenemos. ¿Nos puedes ayudar?,” pidió Menachem casi suplicando.
“¿Tu me puedes enseñar a hablar Ingles?,” preguntó el colombiano después de considerarlo un rato.
“¡Seguro!,” afirmó Falcao. David Menachem III volteó la mirada hacia su amigo que no sabía hablar Ingles. Se agradó al saber que implícitamente tomaba la decisión de acompañarle a los Estados Unidos.
“Esta bien, vamos a hacerlo,” se comprometió Menachem extendiendo la mano para cerrar el trato.
“Voy a ir a comprarles el pasaje antes que cierren la ventanilla. ¡Vamos!,” dijo el de Buenaventura después de ponerse de acuerdo con los fugitivos de la guerrilla.
“¿Como te llamas?,” le preguntó Falcao mientras caminaban.
“Alberto Moreno, pero mis amigos me dicen ‘Beto’,” dijo.
Aquella noche casi no durmieron. Se quedaron hablando hasta altas horas de la madrugada. El ir y venir de autobuses y pasajeros les mantuvo la vista entretenida.
El altoparlante del Terminal les despertó por la mañana anunciando la partida del autobús con destino a Turbo, en la zona bananera de Urabá, y abordaron el vehículo. El autobús se dirigió hacia la carretera que conducía al mar, casi diez horas de camino les esperaban.
La carretera era empinada y zigzagueante. Primero ascendía desde el Valle de Aburra por los barrios suburbanos de Medellín y se dirigía hacia un gran boquete de formación natural que tenia la montaña nor-occidental. La vista de la urbe desde de la empinada cuesta era panorámica. Adornada entre un marco de árboles de pino, abajo se divisaban altos edificios rasgando el cielo diurno, prominentes en el centro de la ciudad, rodeados de edificaciones residenciales.
Vecinos de los lugares aledaños, la mayoría descendientes de conquistadores Españoles mezclados con Indios, caminaban por ambas orillas de la carretera vistiendo sus trajes típicos campesinos de ruana, sombrero y machete.
La maquina del autobús rugía en el ascenso y el chófer mostraba sus habilidades en la forma de conducción y en el manejo de la transmisión mecánica. En la radio encendida se escuchaba música de ‘carrilera’, un género muy particular de la región tocado con instrumentos de cuerda y líricos de despecho.
Al llegar a lo alto de la montaña se despidió la vista de la ciudad, cediendo el paso a un panorama silvestre. La estrecha carretera descendía ahora en forma vertiginosa por curvas cerradas que asustaban al mas valiente, pasando por pequeños poblados en ambas orillas.
En uno de esos poblados el autobús hizo la primera parada. El lugar se llamaba Santa Fe de Antioquia. Santa Fe era una población antigua, datando de la época colonial. Los conquistadores Españoles habían edificado la pequeña ciudad con la ayuda de esclavos africanos e indígenas, construyendo un verdadero laberinto de callejuelas empedradas, sobrias catedrales y blancas edificaciones residenciales de esa época que aun sobrevivían el paso de los siglos. El tiempo parecía haberse detenido en la hermosa ciudad colonial.
Al llegar el autobús a la plaza principal del pueblo un grupo de niños y adultos vendedores de comestibles hechos en casa corrieron a ofrecer sus productos a los pasajeros asomados en las ventanillas del vehículo. La estadía duró veinte minutos, cronometrados por el chófer quien parecía tener prisa por llegar a Urabá.
El viaje fue largo y tedioso. Pasaron muchos pequeños poblados y caseríos construidos perpendicularmente en las laderas de las montañas. Finalmente bajaron del tramo montañoso de la Cordillera de los Andes al área plana. El cambio de temperatura fue radical. El termómetro ascendió hasta casi noventa grados Fahrenheit. A ambos lados de la carretera se apreciaban los cultivos de plátanos y bananas en largas extensiones de tierra fértil hasta que finalmente llegaron a Turbo, en el Golfo de Urabá.
©2009 Mark Anthony Cortes
Copyright: www.marcoantoniocortes.com ©2012 (Todos los derechos reservados) |

.jpg)